
A veces, lo más productivo que puedes hacer, es relajarte
Mark Black
Ya han pasado más de tres meses de la última vuelta de una última misión no exenta de baches, lágrimas, risas y frustración. Aquel vuelo de regreso, que me devolvió a los brazos de mis padres, marcó un punto de inflexión. Ese abrazo más fuerte, más lleno de sentimientos contenidos, me permitió soltar el peso acumulado y simplemente dejarme caer.
Siempre he dicho que era importante mantener un balance entre vida personal y profesional. Traté, he tratado durante todos estos años. Busqué un lugar al que anclarme, un puerto de amarre que me hiciera sentir HOGAR de nuevo. Hice mil llamadas – ya no tantas sorpresas – para seguir informada de cuáles eran las novedades de mi familia y amigos. Acorté misiones y ajusté fechas para poder acudir a eventos importantes y mantener promesas a los dos luceros de mi vida. Hice de un apartamento un sitio donde sentirme bienvenida de nuevo, impregné mi olor favorito en cada pared, en cada mueble y en cada cuadro que colgué a las paredes.
Creí haber encontrado un balance, un punto de estabilidad en medio de la incertidumbre.
Pero entonces el plowtwist de la vida, esta montaña rusa en la que ya se había convertido mi existencia– sin importar en qué lugar del mundo estuviera – volvió a dar una vuelta de campana inesperada que me dejó colgando de un precipicio.
Ir a una misión sin estar preparada al 100%, sin tener la motivación que sin duda toda misión se merece, tener dudas y no expresarlas. ¡Error! Claro que por aquellos momentos en los que estaba cogiendo un vuelo de camino a otro lugar inexplorado de África, mi cerebro y mi corazón no eran conscientes de cómo estaba haciendo las cosas en ese preciso momento. Fue meses después que vi que algo no marchaba bien. El cansancio tan diferente a otras veces, las lágrimas sin anunciar a cualquier hora del día, las incomprensiones y frustraciones en mi cerebro 24/7. Poco a poco vi cómo mi luz se iba apagando y no conseguía reconocerme cuando me miraba al espejo. ¿Acaso no me había prometido, años atrás, que en el momento en el que no sintiera la motivación necesaria para este trabajo, lo dejaría? ¿Tenía la necesidad realmente de estar así? ¿Qué pacto había hecho – con quién/cuándo/cómo/dónde- para tener que seguir, si en el cómputo global había más días malos que buenos?
Para mí este trabajo, tan movido por algo visceral, era inconcebible estar haciéndolo de manera mecánica, solo porque sí. Porque tocaba.
Y ahí estaba yo – autómata. No me malinterpretéis, estoy segura que hice mi trabajo de manera excepcional (aún estoy segura de que sí, soy una gran profesional), poniéndole toda la energía que me quedaba y tratando sin lugar a dudas de aportar mi granito de arena a ese proyecto. Luché por lo que me parecía correcto, ordené farmacias, implementé protocolos y formé equipos. No, mi frustración y energía no eran visibles en mi día a día o en el fruto de mi trabajo. Estaban dentro, madurándose y macerándose.
Y entonces llegó la palabra. La explicación si es que queremos llamarlo así. Burnout. Saber que no era solo yo, que otros antes habían transitado este camino, trajo cierto alivio. Intenté darlo todo en un último esfuerzo, pensando que con suficiente voluntad podría vencerlo. Pero aprendí que la recuperación no es un sprint, sino un viaje que requiere paciencia, compasión y tiempo.
¿En qué momento empecé a definirme por mi trabajo? ¿Cuándo abandoné la Eva que era antes de MSF? De hecho, ¿Quién era antes de MSF? Supongo que cuando algo te encanta y te llena tanto, el resto de cosas pasan a un discreto segundo plano sin apenas darte cuenta. ¡Qué increíble suerte la de haber encontrado algo que te complete de esa manera! Pero qué fácil es dejar que eso se convierta en lo único y prioritario…
Tres meses después de tomar la decisión de volver a mi ciudad natal, a mi tierra de la morcilla, el camino ha comenzado. Volver a casa no ha sido solo un regreso físico, sino un reencuentro conmigo misma.
Volver a un lugar que siempre concebí como un refugio, a un hogar que aún seis meses después guardaba mi olor inconfundible. Empezar un -espero no demasiado largo – trayecto de volver a recuperar a una Eva que ya no conozco. De ver cómo soy sin misiones (o sin misiones tan largas y seguidas, no nos engañemos), sin adrenalina, sin viajes y sin generar conexiones a miles de kilómetros de casa. De luchar contra esa inercia que nos lleva inevitablemente a querer salir corriendo, a ponernos esas zapatillas y lanzarnos a hacer una maratón que sabemos que nos dejará exhaustos, pero que aún así anhelamos comenzar.
Ahora, este impass “entre misiones”, no son solo reencuentros, fiesta y viajes. Ha comenzado y es un camino de re- descubrimiento, de re-invención, de auto-exploración. Y no, no está siendo nada fácil porque como todo, cuando pierdes el hábito de entrenar, volver a la cancha se hace duro y tu cuerpo se resiente. Tengo unas agujetas constantes en el cerebro de tanto exprimirlo buscando nuevas fuentes de motivación, de alegría y de emoción – aún sabiendo que ningún estímulo será comparable con una misión. De superar este aburrimiento para el que ahora mismo, los seres humanos no estamos preparados para afrontar. ¿Cuándo fue la última vez que pasaste una hora solo contigo misma, sin ningún tipo de estímulo exterior? ¿Solo tú, contigo misma y tus pensamientos?
Cada día saco fuerzas para luchar con la culpa (ay sí… esto da para otro post entero), el aburrimiento y la apatía. Batallo con la proyección de verme de nuevo entre dunas, árboles, medicamentos y chalecos con logo rojo. Forcejeo con esta idea que me seduce hasta el punto en el que me hace dudar si es la avidez de huir hacia mi zona de confort de nuevo, o la esperanza de una motivación recuperada. Emprendo esos caminos de nuevos hobbies, nuevas pasiones y nuevas actividades, ansiando que de alguna manera se conviertan en una nueva parte de mi ADN, una esencia de la nueva Eva que podrá acompañarme allá a donde vaya y donde el camino quiera llevarme.
Hay preguntas que no queremos hacernos, reflexiones que postergamos por el miedo a las posibles repercusiones que tengan en nuestra rutina, interrogaciones sobre una misma que evadimos con la destreza de un samurái. Pero por mucho que intentemos sortear estos debates internos, ellos siempre nos alcanzarán, obligándonos a sentarnos y charlar con nosotros mismos…