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  • Burnout

    A veces, lo más productivo que puedes hacer, es relajarte

    Mark Black

    Ya han pasado más de tres meses de la última vuelta de una última misión no exenta de baches, lágrimas, risas y frustración. Aquel vuelo de regreso, que me devolvió a los brazos de mis padres, marcó un punto de inflexión. Ese abrazo más fuerte, más lleno de sentimientos contenidos, me permitió soltar el peso acumulado y simplemente dejarme caer.

    Siempre he dicho que era importante mantener un balance entre vida personal y profesional. Traté, he tratado durante todos estos años. Busqué un lugar al que anclarme, un puerto de amarre que me hiciera sentir HOGAR de nuevo. Hice mil llamadas – ya no tantas sorpresas – para seguir informada de cuáles eran las novedades de mi familia y amigos. Acorté misiones y ajusté fechas para poder acudir a eventos importantes y mantener promesas a los dos luceros de mi vida. Hice de un apartamento un sitio donde sentirme bienvenida de nuevo, impregné mi olor favorito en cada pared, en cada mueble y en cada cuadro que colgué a las paredes.

    Creí haber encontrado un balance, un punto de estabilidad en medio de la incertidumbre.

    Pero entonces el plowtwist de la vida, esta montaña rusa en la que ya se había convertido mi existencia– sin importar en qué lugar del mundo estuviera – volvió a dar una vuelta de campana inesperada que me dejó colgando de un precipicio.

    Ir a una misión sin estar preparada al 100%, sin tener la motivación que sin duda toda misión se merece, tener dudas y no expresarlas. ¡Error! Claro que por aquellos momentos en los que estaba cogiendo un vuelo de camino a otro lugar inexplorado de África, mi cerebro y mi corazón no eran conscientes de cómo estaba haciendo las cosas en ese preciso momento. Fue meses después que vi que algo no marchaba bien. El cansancio tan diferente a otras veces, las lágrimas sin anunciar a cualquier hora del día, las incomprensiones y frustraciones en mi cerebro 24/7. Poco a poco vi cómo mi luz se iba apagando y no conseguía reconocerme cuando me miraba al espejo. ¿Acaso no me había prometido, años atrás, que en el momento en el que no sintiera la motivación necesaria para este trabajo, lo dejaría? ¿Tenía la necesidad realmente de estar así? ¿Qué pacto había hecho – con quién/cuándo/cómo/dónde- para tener que seguir, si en el cómputo global había más días malos que buenos?

    Para mí este trabajo, tan movido por algo visceral, era inconcebible estar haciéndolo de manera mecánica, solo porque sí. Porque tocaba.

    Y ahí estaba yo – autómata. No me malinterpretéis, estoy segura que hice mi trabajo de manera excepcional (aún estoy segura de que sí, soy una gran profesional), poniéndole toda la energía que me quedaba y tratando sin lugar a dudas de aportar mi granito de arena a ese proyecto. Luché por lo que me parecía correcto, ordené farmacias, implementé protocolos y formé equipos. No, mi frustración y energía no eran visibles en mi día a día o en el fruto de mi trabajo. Estaban dentro, madurándose y macerándose.

    Y entonces llegó la palabra. La explicación si es que queremos llamarlo así. Burnout. Saber que no era solo yo, que otros antes habían transitado este camino, trajo cierto alivio. Intenté darlo todo en un último esfuerzo, pensando que con suficiente voluntad podría vencerlo. Pero aprendí que la recuperación no es un sprint, sino un viaje que requiere paciencia, compasión y tiempo.

    ¿En qué momento empecé a definirme por mi trabajo? ¿Cuándo abandoné la Eva que era antes de MSF? De hecho, ¿Quién era antes de MSF? Supongo que cuando algo te encanta y te llena tanto, el resto de cosas pasan a un discreto segundo plano sin apenas darte cuenta. ¡Qué increíble suerte la de haber encontrado algo que te complete de esa manera! Pero qué fácil es dejar que eso se convierta en lo único y prioritario…

    Tres meses después de tomar la decisión de volver a mi ciudad natal, a mi tierra de la morcilla, el camino ha comenzado. Volver a casa no ha sido solo un regreso físico, sino un reencuentro conmigo misma.

    Volver a un lugar que siempre concebí como un refugio, a un hogar que aún seis meses después guardaba mi olor inconfundible. Empezar un -espero no demasiado largo – trayecto de volver a recuperar a una Eva que ya no conozco. De ver cómo soy sin misiones (o sin misiones tan largas y seguidas, no nos engañemos), sin adrenalina, sin viajes y sin generar conexiones a miles de kilómetros de casa. De luchar contra esa inercia que nos lleva inevitablemente a querer salir corriendo, a ponernos esas zapatillas y lanzarnos a hacer una maratón que sabemos que nos dejará exhaustos, pero que aún así anhelamos comenzar.

    Ahora, este impass “entre misiones”, no son solo reencuentros, fiesta y viajes. Ha comenzado y es un camino de re- descubrimiento, de re-invención, de auto-exploración. Y no, no está siendo nada fácil porque como todo, cuando pierdes el hábito de entrenar, volver a la cancha se hace duro y tu cuerpo se resiente. Tengo unas agujetas constantes en el cerebro de tanto exprimirlo buscando nuevas fuentes de motivación, de alegría y de emoción – aún sabiendo que ningún estímulo será comparable con una misión. De superar este aburrimiento para el que ahora mismo, los seres humanos no estamos preparados para afrontar. ¿Cuándo fue la última vez que pasaste una hora solo contigo misma, sin ningún tipo de estímulo exterior? ¿Solo tú, contigo misma y tus pensamientos?

    Cada día saco fuerzas para luchar con la culpa (ay sí… esto da para otro post entero), el aburrimiento y la apatía. Batallo con la proyección de verme de nuevo entre dunas, árboles, medicamentos y chalecos con logo rojo. Forcejeo con esta idea que me seduce hasta el punto en el que me hace dudar si es la avidez de huir hacia mi zona de confort de nuevo, o la esperanza de una motivación recuperada. Emprendo esos caminos de nuevos hobbies, nuevas pasiones y nuevas actividades, ansiando que de alguna manera se conviertan en una nueva parte de mi ADN, una esencia de la nueva Eva que podrá acompañarme allá a donde vaya y donde el camino quiera llevarme.

    Hay preguntas que no queremos hacernos, reflexiones que postergamos por el miedo a las posibles repercusiones que tengan en nuestra rutina, interrogaciones sobre una misma que evadimos con la destreza de un samurái. Pero por mucho que intentemos sortear estos debates internos, ellos siempre nos alcanzarán, obligándonos a sentarnos y charlar con nosotros mismos…

  • Comparaciones

    La razón por la que luchamos con la inseguridad es porque comparamos nuestro detrás de escena con el carrete más destacado de todos los demás

    Steve Furtick

    Qué diferente puede ser cada inicio, cada tramo del camino que comienzas. Es increíble cómo cada pistoletazo de salida puede sonar diferente, como el primer mordisco de un nuevo plato a degustar.

    Se cumple ya un mes desde que llegué a este país – que no a mi proyecto. Y aún estoy sorprendida de cómo me ha pillado de sorpresa esta nueva variante. Está claro que cada sitio es diferente, los equipos, el proyecto, el clima, la comida y hasta los olores. Los primeros días todo es como una bofetada inmensa de nuevas sensaciones que hay que ir insertando poco a poco en cada poro de tu piel. El cambio de idioma, que hace que tu cerebro trabaje agotado las 24 horas del día. Nuevo cuarto, cama, lavadora y detergente. Nuevos horarios, caras, normas y temperatura. Nuevo despacho, vecinos, mesa y ordenador. Otro teléfono que suena diferente al tuyo y al que todavía no le coges el truquillo.

    Hay que absorber en un tiempo limitado todo lo que ha acontecido en este proyecto en los últimos meses y generarte una idea en tu cabeza de cómo van a ser los siguientes. Cuáles son las prioridades, en qué nos vamos a enfocar, cómo quiero gestionar el equipo, qué significan estas nuevas siglas que nunca paran de aparecer en MSF. A medida que tu cerebro intenta impregnarse de toda esa nueva información, tu cuerpo lucha por adaptarse a la velocidad de la luz a todas esas sensaciones que tu cuerpo está tratando de absorber.

    Cada pistoletazo de salida es una carrera hacia un sendero negro y frondoso del que sabemos muy poco. Corres hacia la oscuridad sin saber los obstáculos que te vas a encontrar, simplemente esperando que tu experiencia te avise para esquivarlos a tiempo. Tu corazón se acelera a cada zancada que das, deseando no haberte equivocado y esperando haber puesto el pie en el lugar correcto.

    Podemos prepararnos previamente – al menos yo lo hago. Mentalmente. Hacernos un mapa de cómo es la nueva casa, saber quiénes serán tus nuevos compañeros por el siguiente medio año. Averiguar la comida típica, los sitios a donde puedes salir y cómo se entreve la nueva función. Dibujarte un escenario 3D que te ayude a visualizarte en ese nuevo hogar.

    A mí ese trabajo previo me ayuda a controlar esta oscuridad en la que nos adentramos. Me refuerza a tener una concentración máxima en la carrera, dejándome calcular la distancia a los obstáculos. Me da una tranquilidad que me ralentiza esas palpitaciones previas a una competición.

    Pero aquí. Aquí tenía poca información previa. Y la información que tenía, al contrario que ralentizarme el pulso, me lo aceleraba. Sabía que iba a comenzar muy de cero, sin saber dónde me estaba metiendo, y entreviendo que lo que iba a encontrarme podía no gustarme.

    Está claro que las comparaciones son odiosas. Y nunca deberíamos hacerlo, pues cada misión es prácticamente como una vida. Todo es tan diferente en cada una, que compararlas no tiene generalmente mucho sentido. Pero ahora no puedo evitar pensar en mi primera semana en Mocimboa de Praia, sintiéndome en casa a las cuarenta y ocho horas de llegar. En cómo a pesar de las enormes dificultades del trabajo, conseguí ser yo misma prácticamente a la semana -siendo consciente de lo que me cuesta llegar ahí. A pesar de las ratas en la cocina, de la desorganización, del terrible calor. A pesar de todo eso, bastaron siete días para sentirme parte de algo, parte de una familia.  

    Ahora mi corazón anhela esa percepción de confort que llegué a sentir más pronto que tarde cuando comenzaba a subirme a la montaña rusa. Y por eso las comparaciones son odiosas, porque ese falso confort en el que me refugio ahora, estoy segura de no haberlo sentido en aquel preciso instante tan verdadero o genuino. Pero cuanto más tiempo, menos estímulos y más espacios; mayor es el nudo de comparaciones que se aglutinan y atragantan desde mi cabeza hasta mi garganta, .

    El país, el idioma, el equipo y el trabajo es totalmente diferente. Que me esté costando más tiempo del normal en adaptarme, es normal. Que no encuentre mi sitio, que tenga dentro esta soledad que me carcome, y que todo este camino se me esté haciendo demasiado denso. Es normal.

    Pero me fustigo y me repito que para estos entonces ya debería estar bien y adaptada. Me agobio porque no me encuentro todavía entre estas cuatro paredes. Quizás, en vez de empujarme y levantarme cada día con estos pensamientos negativos, quizás debería empezar a ser más amable conmigo misma.

    He venido hasta aquí. He tenido la fuerza para, después de esa última misión, reunir energías suficientes para empezar otra. Hice la maleta y me he presentado en un país nuevo y completamente sola, con nada más que mi sonrisa y mis ganas de trabajar. Dije -de nuevo- adiós a mis sobrinos con lágrimas en los ojos, y reuní el valor para empezar de cero con nervios y entereza.

    Y cada día estoy tratando. Y cada día es un poco mejor, aunque me cueste verlo o reconocerlo.

    No entiendo aún por qué somos tan desagradables con nosotros mismos, cuando nos cuesta tan poco ser delicados y empáticos con el resto. Los pensamientos negativos se agolpan, creando ese bucle que cada día pesa y pesa más, hasta que no sabes si serás capaz de levantarte.

    Me he trabajado justamente para esto. Para no dejarme sumir en comparaciones, en negatividades, en bucles eternos que nunca me llevan a nada. En fijarme un poco más en esa claridad que guía mi comienzo de la carrera; porque está ahí, solo que no me estoy permitiendo verla.

    Y cada día será un poquito mejor.

    Tengo personas que me ponen los pies en el suelo, que me recuerdan que valgo más que todo esto, que NO estoy sola. Y por eso… por eso sé que todo podría estar bien.

    Porque también podría no estarlo – no olvidemos que las misiones no son de color de rosa y que probablemente haya muchos otros baches en esta carrera de fondo que no ha hecho más que empezar.

    Pero eso… eso será otra historia.   

  • Desequilibrio

    No hay secreto para el equilibrio. Solo tienes que sentir las olas.

    Frank Herbert.

    Hace unos días tuve una conversación que me trastocó un poco los pilares en los que se sustentaban todas mis retornos a España. Se expuso la premisa de que la salida de la zona de confort podría no ser más el irse de misiones; si no justamente lo contrario – volver.

    Nunca me había planteado, ni siquiera pasado por la cabeza que quizás mi zona de confort estaba en esas “huidas” hacia lo desconocido. Que quizás volver a mi casa ya no era tanto volver a algo familiar y cómodo, si no que cada año se iba tornando más difícil. La temida salida de la zona de confort podría ya no ser más el irme de misión, si no justamente lo contrario, volver de ella. 

    Si echo la cuenta, llevo más años fuera de Burgos de los que realmente viví aquí. Aunque obviamente tengo y siempre tendré razones por las que volver, parece que cada mes que pasa los argumentos se van diluyendo. Obviamente todo el mundo sigue su vida, y cada vez que yo vuelvo, nunca he conseguido hacer una rutina que me haga sentirme “en casa”. 

    Pero claro, ¿a qué llamamos casa? Porque yo soy capaz de llamar hogar a una habitación que mantenga mi olor y tenga un par de fotos pegadas en la pared. Puedo sentir casa a cuatro paredes en medio de un pequeño pueblo en medio de Mozambique. Hogar es aquello donde me siento cómoda, tranquila, segura y sobre todo, realizada.

    Sigo anclada a las vueltas. A esos retornos que cada vez se tornan más difíciles. Aunque me haya esforzado enormemente por tener un puerto de amarre donde atracar cada vez, no puedo negar la evidencia de que cada más tiempo que paso fuera, más difícil se me hace crear rutinas donde me sienta realizada en casa. Me insto a descubrir nuevos hobbies, pero luego me quito la idea de la cabeza porque con este tipo de vida es imposible hacer algo de manera periódica – y la idea de tener que abandonar cualquier otra cosa, me aterra. Quiero crear rutinas que organicen mi cerebro como me gusta, pero los miles de planes y viajes que empiezo a organizar estando en misión, interrumpen cualquier intento de orden en los retornos. 

    Soy consciente de lo afortunada que soy en muchos sentidos. No me quejo de poder tener la enorme suerte de tener ahora cuatro meses llenos de viajes. De reencuentros con viejos amigos, de visitas a lugares que hace tiempo que quiero conocer, de comidas copiosas, de tardes al sol o de ser capaz de decir que sí a cualquier plan espontáneo que surja. Soy capaz (casi) de ver a todos mis grupos de amigos después de cada misión, de mantener el contacto con ellos y aún poder compartir una cerveza cada vez que vuelvo. 

    Pero creo que empiezo a entender por qué la gente acepta misión tras misión, sin dejar pasar suficiente tiempo entre ellas. A periodo más largo que pasas en casa, más oportunidades tenemos para plantearnos por qué hacemos lo que hacemos. No cabe ninguna duda en que me gusta, me motiva, me apasiona. Pero si tardo más en volver a misión, significa que tengo muchísimo más tiempo libre para abordar la pregunta de qué estoy haciendo con mi vida o cuestionarme hacia dónde va mi futuro.

    Y es que… qué difícil entender esta vida que llevamos. Muchas veces surgen más dudas que certezas. No tengo nada claro cuál son los siguientes pasos a dar. No tengo la más remota idea de si esto es lo que quiero hacer en los años venideros. Quién puede saber si me cansaré y cambiaré el chaleco de MSF por una bata de farmacia de barrio. Pero me obligo a decirme que tengo derecho a ir viéndolo con el tiempo, a escucharme en cada momento y hacer lo que considere que debo hacer por mí y por mi propia felicidad.

    Tengo miedo, qué digo, pánico, a que este trabajo me defina. A que sin este tipo de vida puede ser que no sea nada, que no me quede nada. Porque ¿quién soy cuando vuelvo a casa y no tengo hobbies, no tengo planes, no tengo rutina? Quizás he creado una necesidad enorme de sentirme útil y este trabajo es lo único que me lo brinda – Lo que hace que muchas veces no me reconozca a mí misma al volver a casa.

    ¿Estamos definidos por esta función, este cometido? Todo lo que hacemos son estas misiones donde nos sentimos satisfechos y pensamos que nos superamos, crecemos, nos desarrollamos. Y yo, cada vez que vuelvo a casa me siento tan perdida que se me olvida quién soy sin trabajar 10 horas diarias. Mi única pasión es coger un avión y plantarme en medio de la nada para trabajar. ¿Acaso hace algún sentido eso? Puede ser que este trabajo me haga sentir tan realizada, que nada fuera de él es capaz de replicar esa sensación.

    Y como soy consciente de que no es sano, me obligo y me recuerdo que tengo que priorizarme. Me insto a decirme: esta vez descanso. La familia es importante. Quiero estar con mis amigos. Quiero viajar, hacer más cosas. Y por eso pongo fechas, digo que quiero volver más tarde y espero. Y la espera, aunque al principio es deliciosa y dulce, a medida que pasan los meses se me torna espesa y pesada. Y eso hace que quiera poner piel en polvorosa.

    ¿Debería obligarme a salir de mi zona de confort y quedarme? ¿O debería hacer caso a mi pasión, y aunque no parezca la mejor idea, continuar misión tras misión? 

    ¡Qué incongruencia! Hace apenas tres meses se me hacía un mundo el seguir trabajando, me cuestionaba si esto era lo que quería hacer. Gritaba a los cuatro vientos la necesidad de un descanso largo y planifiqué miles de viajes que se suponía me iban a llenar el corazón. Estaba agotada, frustrada y sin fuerzas. Volver a casa era lo único que tenía en la cabeza.

    Ahora, dos meses después, esos sentimientos de fatiga y disconfort se han diluido entre planes, aburrimiento y muchos cuestionamientos. Lo cual me confirma, una vez más, que nada es eterno y que lo que sentimos como 100% real, puede dar una vuelta de ciento ochenta grados en un tiempo más bien efímero. ¿Es acaso esto normal? ¿O nos han enseñado a ser tan inconformistas y ambiciosos, que ahora nada nos parece suficiente?

    Supongo que la vida es esto. Una montaña rusa, un continuo balance de desequilibrios donde nunca tenemos lo que queremos en ese exacto momento. Y aún así, aquí seguimos. Tratando, andando y luchando por encontrar ese balance de positivos que nunca llega. 

  • Intensidad

    La vida es un arcoiris que incluye el negro

    Yevgeny Yevtushenko

    Qué viaje. Qué seis meses de completa y absoluta intensidad. 

    Seis meses que se han sentido como seis años. Únicamente veinticuatro semanas, ciento ochenta días que viéndolos por escrito apenas parece nada.

    Pero lo han sido todo. 

    Empiezo a hacer el balance de la vuelta, analizo y y me dejo sentir lo que ha sucedido en el último tiempo. Y aunque comienzo a darme el espacio para reflexionar, aún siento que la intensidad sigue latente en mi interior. La euforia de la vuelta, los últimos acontecimientos de la misión y la adrenalina de los adioses y de los reencuentros siguen muy presentes en cada poro de mi piel. Esto hace difícil tratar de ser consciente de lo que ha pasado, de digerir que las últimas veinticuatro semanas de mi vida han puesto patas arriba mi cabeza y aún no sé cómo enderezarla de nuevo. 

    Siento que quiero llorar, que quiero sacar de aquí dentro todos esos sentimientos reprimidos durante los últimos meses. Darme el espacio y la amabilidad para dejarlo salir fuera y empezar así a desentrañar esta maraña de cables enredados creados en la boca de mi estómago. 

    Pero aún soy incapaz – y eso está bien.

    Dejaré pasar el tiempo, hasta que sienta que la adrenalina se escapa de mi cuerpo. Cuando la intensidad sentida baje de 100 a 0 y me note vacía durante un lapso pequeño de tiempo, será el momento. Sé que las lágrimas llegarán y saldrán de lo más recóndito de dentro de mi cuerpo. Que se deslizarán aglutinadas por mis mejillas para ayudarme a diluir todo lo acontecido. Me ayudarán a aligerar esa carga de sentimientos no gestionados que tanto necesito. 

    Mientras tanto quizás no está mal disfrutar de estar de vuelta. De dormir (aunque no consiga hacerlo), de comer rico, de sentir la magia de los reencuentros durante unas semanas más. De mantenerme ocupada con cosas banales, de persona adulta (¿funcional?) independiente. De esconder durante unos días más ese vacío de una rutina que no sé cómo voy a gestionar. De llenar las horas con Netflix, paseos, vinos, cafés y cervezas. De aprender a ser amable conmigo misma, de quererme y de cuidarme. De aprender a aburrirme (joder, qué difícil es) y de apoyarme en esas personas que no han dejado de estar a mi lado ni un solo segundo de mi vida – bendito Universo que les puso en mi camino.

    Y cuando eso deje de ser suficiente – porque sé que dejará de serlo – tocará reflexionar los siguientes pasos. 

    Bien es cierto que me llevo diciendo varias semanas que esperaba que este retorno fuera a ser más duro que otros. Que preveía largas temporadas de retracción, de soledad y la necesidad de un tiempo más largo de recuperación. Sé exactamente de dónde viene este pensamiento, pero lo que no he sido capaz es de darme cuenta es que no soy la misma persona que puso por primera vez un pie en Mozambique hace seis meses. No soy, ni por asomo, la misma Eva que empezó con MSF hace dos años en Camerún. Hace tiempo que me he ido transformando y he generado unas herramientas que años atrás no tenía. Y por eso debería tener un poco más de fé en mi misma y en la manera en la que pretendo y puedo gestionar esta vuelta. 

    No digo que vaya a ser fácil – para mí nunca lo es – pero quizás haya aprendido ciertas cosas por el camino que me ayuden a poner en perspectiva toda esta mierda que hay que analizar en el cerebro. Y no todo sea tan malo como mi cabeza catastrofista tiende a pensar.

    Quizás no todo necesite ser inmediato. Quizás puedo no parar durante un tiempo indefinido hasta que me sienta preparada. Quizás pueda aprender a quitarme esta culpabilidad de no hacer nada y aprender a dejarme llevar un ratito más.

    Soy consciente que tengo que hacerme preguntas cruciales que llevo evitando unos cuantos meses. Que tengo que hacer un balance que me asusta porque por primera vez, puede ser que no sea positivo. Siempre he dicho que seguiré en este mundillo mientras me siga aportando más que quitando. Que si la motivación y la pasión por el trabajo bien hecho es mayor que la frustración y las incongruencias, continuaría. Puede ser que esta sea la primera vez que las respuestas a todas las preguntas no me gusten ni me calmen tanto com otras veces; y es justo por eso que es tan de vital importancia hacérmelas.

    En unos días. O unas semanas. Cuando la intensidad que me caracteriza se vaya difuminando con el paso del tiempo.

  • RollerCoaster

    En algún lugar entre el fondo de la escalada y la cumbre está la respuesta al misterio del por qué escalamos

    Greg Child

    Un rollercoaster de vida, una puñetera y completa locura de último mes. Un tiempo en el que he tenido tantos bajos y más bajos, que he perdido un poco la noción de lo que estoy haciendo aquí.

    Releyendo el cómo me sentí al empezar esta misión, traté de agarrarme como si de un clavo ardiendo se tratara de nuevo a esa sensación que tuve al principio. He tratado de rememorarla, de crear en mi interior esa motivación infinita de los comienzos, para poder acabar esto y volver a mi casa.

    ¡Qué poco lo vi venir! Y a la vez, qué predecible era todo esto. Las diferentes fases por las que pasas en cada misión están casi tan definidas como cualquier protocolo en los que trabajamos día a día. Y aún así, el cansancio me cegó de una manera tan brutal que no lo vi llegar, aunque a estas alturas del libro creo que ya tendría que haber aprendido a gestionarlo.

    A veces creo que nos desenfocamos del objetivo que es nuestro trabajo. Justificamos jornadas de 12 horas con la premisa de estar haciendo algo que nos encanta. Nos exigimos una excelencia que jamás se la exigirías a tus compañeros de oficina, pero que consideras necesario que tu propia persona demuestre. Formamos parte de una gran afortunada minoría que puede decir que ama lo que hace, y por eso nos auto-autorizamos a cansarnos hasta la extenuación.

     Y así, sin darnos cuenta, muchas veces entramos en un bucle de frustración, agotamiento y deadlines del que es imposible salir sin perdernos a nosotros mismos por el camino.

    Y sin prisa pero con pausa vas tocando fondo. Un fondo que nunca querías rozar con la punta de tus pies, pero de repente tu cuerpo se ha vuelto tan pesado que por muchas brazadas que des hacia la superficie, la fuerza del agua te impulsa igual hacia las tinieblas. Y lo peor de todo es que no sabes que te estás ahogando, piensas que el límite todavía está muy lejos y que aún puedes aguantar un poco en medio de esa inmensa oscuridad, pero cada día que pasa la superficie va quedando más lejana.

    Y no es hasta que tus pies tocan por primera vez la tierra en el fondo del océano y tu cuerpo descansa agotado sobre la arena, que te das cuenta de que te estás ahogando. Pero ya suele ser tarde, la superficie está tan lejos que no te da tiempo a recuperarte y nadar con fuerza hacia arriba. Estás tan cansada que apenas te molesta dejarte llevar por la inercia y quedarte ahí abajo un ratito más.

    A veces me siento tan culpable de haber elegido este estilo de vida que me aleja de todo lo que una vez consideré normal, que para no sentir esa culpa me justifico con un trabajo lo más impecable posible.

    Y pienso que no solo me da miedo este cansancio, me asusta y me paraliza esta sensación de estar tan agotada que empiezo a plantearme si este estilo de vida sigue siendo lo que quiero. Cuando estás tan bloqueada que ya no ves ni te acuerdas del por qué estás donde estás, se hace cuesta arriba dar lo mejor de ti en el trabajo, hasta el punto de ser totalmente injusto para el resto del equipo que te rodea.

    Supongo que buscamos más razones y justificaciones por las que sentirnos mal. Porque el cansancio o una sola razón no es suficiente, y tendemos a auto-fustigarnos todo lo fuerte que podamos. Como si fuéramos unas super heroínas a las que nada ni nadie puede derrotarlas.

    ¡Spoiler alert! Necesitamos un recordatorio que somos personas de carne y hueso. Con límites, con una vida más allá de ésta y tenemos que aceptar que no podemos con todo. No debemos ni siquiera tratar de poder con todo.

    Y aún así continúo. Hago mi trabajo, de la forma más impecable que puedo y sé. Sonrío y trato de socializar con un equipo que ya se ha convertido en familia. Pienso que todo va a pasar (porque todo suele acabar pasando), y me centro en otras cosas que no sean esta sensación de estar ahogándome en un océano del que no soy capaz de salir.

    Y hablo con personas que me entienden. Me apoyo en gente que me quiere. Verbalizo esta sensación que aún no termino de comprender para ver si escuchándola con mis propios oídos pudiera cobrar sentido mágicamente. Y escribo, escribo para releerme y poder pensar una segunda vez en lo que siento.

    Y al final dejo pasar el tiempo. Pues es lo único que puede curar cualquiera de las cosas que ahora mismo pasan por mi cabeza.

    Y entonces me siento ligera de nuevo y puedo nadar hacia la superficie con menos dificultad. Me lleno la memoria de los momentos de increíble y absoluta felicidad que he tenido en estos últimos cuatro meses. De carcajadas sonoras, de lágrimas de risa, de bailes bajo la lluvia y de abrazos que me llenan el cora. De pequeños logros, de reuniones satisfactorias, de fofocas y de miradas cómplices.

    Y son estos recuerdos los que me vuelven a impulsar hacia arriba, los que me llevan de nuevo a lo alto de esta montaña rusa que se ha convertido mi vida. Esos momentos, pasados y presentes me envuelven y aligeran la carga que portaba, dejándome flotar hasta una superficie que creía demasiado lejana. Mi cara vuelve a tocar el sol, que quema y abrasa. Y cuando siento los rayos tocando mi cuerpo de nuevo, sonrío.

    Y es que en esta vida de contrastes, nunca hay nada blanco o negro. Vivimos en una constante montaña rusa entre esa motivación-alivio – tristeza – frustración. Una oscuridad en el fondo del océano, y un sol abrasador en la superficie.

    Una bomba de relojería.

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