
La razón por la que luchamos con la inseguridad es porque comparamos nuestro detrás de escena con el carrete más destacado de todos los demás
Steve Furtick
Qué diferente puede ser cada inicio, cada tramo del camino que comienzas. Es increíble cómo cada pistoletazo de salida puede sonar diferente, como el primer mordisco de un nuevo plato a degustar.
Se cumple ya un mes desde que llegué a este país – que no a mi proyecto. Y aún estoy sorprendida de cómo me ha pillado de sorpresa esta nueva variante. Está claro que cada sitio es diferente, los equipos, el proyecto, el clima, la comida y hasta los olores. Los primeros días todo es como una bofetada inmensa de nuevas sensaciones que hay que ir insertando poco a poco en cada poro de tu piel. El cambio de idioma, que hace que tu cerebro trabaje agotado las 24 horas del día. Nuevo cuarto, cama, lavadora y detergente. Nuevos horarios, caras, normas y temperatura. Nuevo despacho, vecinos, mesa y ordenador. Otro teléfono que suena diferente al tuyo y al que todavía no le coges el truquillo.
Hay que absorber en un tiempo limitado todo lo que ha acontecido en este proyecto en los últimos meses y generarte una idea en tu cabeza de cómo van a ser los siguientes. Cuáles son las prioridades, en qué nos vamos a enfocar, cómo quiero gestionar el equipo, qué significan estas nuevas siglas que nunca paran de aparecer en MSF. A medida que tu cerebro intenta impregnarse de toda esa nueva información, tu cuerpo lucha por adaptarse a la velocidad de la luz a todas esas sensaciones que tu cuerpo está tratando de absorber.
Cada pistoletazo de salida es una carrera hacia un sendero negro y frondoso del que sabemos muy poco. Corres hacia la oscuridad sin saber los obstáculos que te vas a encontrar, simplemente esperando que tu experiencia te avise para esquivarlos a tiempo. Tu corazón se acelera a cada zancada que das, deseando no haberte equivocado y esperando haber puesto el pie en el lugar correcto.
Podemos prepararnos previamente – al menos yo lo hago. Mentalmente. Hacernos un mapa de cómo es la nueva casa, saber quiénes serán tus nuevos compañeros por el siguiente medio año. Averiguar la comida típica, los sitios a donde puedes salir y cómo se entreve la nueva función. Dibujarte un escenario 3D que te ayude a visualizarte en ese nuevo hogar.
A mí ese trabajo previo me ayuda a controlar esta oscuridad en la que nos adentramos. Me refuerza a tener una concentración máxima en la carrera, dejándome calcular la distancia a los obstáculos. Me da una tranquilidad que me ralentiza esas palpitaciones previas a una competición.
Pero aquí. Aquí tenía poca información previa. Y la información que tenía, al contrario que ralentizarme el pulso, me lo aceleraba. Sabía que iba a comenzar muy de cero, sin saber dónde me estaba metiendo, y entreviendo que lo que iba a encontrarme podía no gustarme.
Está claro que las comparaciones son odiosas. Y nunca deberíamos hacerlo, pues cada misión es prácticamente como una vida. Todo es tan diferente en cada una, que compararlas no tiene generalmente mucho sentido. Pero ahora no puedo evitar pensar en mi primera semana en Mocimboa de Praia, sintiéndome en casa a las cuarenta y ocho horas de llegar. En cómo a pesar de las enormes dificultades del trabajo, conseguí ser yo misma prácticamente a la semana -siendo consciente de lo que me cuesta llegar ahí. A pesar de las ratas en la cocina, de la desorganización, del terrible calor. A pesar de todo eso, bastaron siete días para sentirme parte de algo, parte de una familia.
Ahora mi corazón anhela esa percepción de confort que llegué a sentir más pronto que tarde cuando comenzaba a subirme a la montaña rusa. Y por eso las comparaciones son odiosas, porque ese falso confort en el que me refugio ahora, estoy segura de no haberlo sentido en aquel preciso instante tan verdadero o genuino. Pero cuanto más tiempo, menos estímulos y más espacios; mayor es el nudo de comparaciones que se aglutinan y atragantan desde mi cabeza hasta mi garganta, .
El país, el idioma, el equipo y el trabajo es totalmente diferente. Que me esté costando más tiempo del normal en adaptarme, es normal. Que no encuentre mi sitio, que tenga dentro esta soledad que me carcome, y que todo este camino se me esté haciendo demasiado denso. Es normal.
Pero me fustigo y me repito que para estos entonces ya debería estar bien y adaptada. Me agobio porque no me encuentro todavía entre estas cuatro paredes. Quizás, en vez de empujarme y levantarme cada día con estos pensamientos negativos, quizás debería empezar a ser más amable conmigo misma.
He venido hasta aquí. He tenido la fuerza para, después de esa última misión, reunir energías suficientes para empezar otra. Hice la maleta y me he presentado en un país nuevo y completamente sola, con nada más que mi sonrisa y mis ganas de trabajar. Dije -de nuevo- adiós a mis sobrinos con lágrimas en los ojos, y reuní el valor para empezar de cero con nervios y entereza.
Y cada día estoy tratando. Y cada día es un poco mejor, aunque me cueste verlo o reconocerlo.
No entiendo aún por qué somos tan desagradables con nosotros mismos, cuando nos cuesta tan poco ser delicados y empáticos con el resto. Los pensamientos negativos se agolpan, creando ese bucle que cada día pesa y pesa más, hasta que no sabes si serás capaz de levantarte.
Me he trabajado justamente para esto. Para no dejarme sumir en comparaciones, en negatividades, en bucles eternos que nunca me llevan a nada. En fijarme un poco más en esa claridad que guía mi comienzo de la carrera; porque está ahí, solo que no me estoy permitiendo verla.
Y cada día será un poquito mejor.
Tengo personas que me ponen los pies en el suelo, que me recuerdan que valgo más que todo esto, que NO estoy sola. Y por eso… por eso sé que todo podría estar bien.
Porque también podría no estarlo – no olvidemos que las misiones no son de color de rosa y que probablemente haya muchos otros baches en esta carrera de fondo que no ha hecho más que empezar.
Pero eso… eso será otra historia.