
No hay secreto para el equilibrio. Solo tienes que sentir las olas.
Frank Herbert.
Hace unos días tuve una conversación que me trastocó un poco los pilares en los que se sustentaban todas mis retornos a España. Se expuso la premisa de que la salida de la zona de confort podría no ser más el irse de misiones; si no justamente lo contrario – volver.
Nunca me había planteado, ni siquiera pasado por la cabeza que quizás mi zona de confort estaba en esas “huidas” hacia lo desconocido. Que quizás volver a mi casa ya no era tanto volver a algo familiar y cómodo, si no que cada año se iba tornando más difícil. La temida salida de la zona de confort podría ya no ser más el irme de misión, si no justamente lo contrario, volver de ella.
Si echo la cuenta, llevo más años fuera de Burgos de los que realmente viví aquí. Aunque obviamente tengo y siempre tendré razones por las que volver, parece que cada mes que pasa los argumentos se van diluyendo. Obviamente todo el mundo sigue su vida, y cada vez que yo vuelvo, nunca he conseguido hacer una rutina que me haga sentirme “en casa”.
Pero claro, ¿a qué llamamos casa? Porque yo soy capaz de llamar hogar a una habitación que mantenga mi olor y tenga un par de fotos pegadas en la pared. Puedo sentir casa a cuatro paredes en medio de un pequeño pueblo en medio de Mozambique. Hogar es aquello donde me siento cómoda, tranquila, segura y sobre todo, realizada.
Sigo anclada a las vueltas. A esos retornos que cada vez se tornan más difíciles. Aunque me haya esforzado enormemente por tener un puerto de amarre donde atracar cada vez, no puedo negar la evidencia de que cada más tiempo que paso fuera, más difícil se me hace crear rutinas donde me sienta realizada en casa. Me insto a descubrir nuevos hobbies, pero luego me quito la idea de la cabeza porque con este tipo de vida es imposible hacer algo de manera periódica – y la idea de tener que abandonar cualquier otra cosa, me aterra. Quiero crear rutinas que organicen mi cerebro como me gusta, pero los miles de planes y viajes que empiezo a organizar estando en misión, interrumpen cualquier intento de orden en los retornos.
Soy consciente de lo afortunada que soy en muchos sentidos. No me quejo de poder tener la enorme suerte de tener ahora cuatro meses llenos de viajes. De reencuentros con viejos amigos, de visitas a lugares que hace tiempo que quiero conocer, de comidas copiosas, de tardes al sol o de ser capaz de decir que sí a cualquier plan espontáneo que surja. Soy capaz (casi) de ver a todos mis grupos de amigos después de cada misión, de mantener el contacto con ellos y aún poder compartir una cerveza cada vez que vuelvo.
Pero creo que empiezo a entender por qué la gente acepta misión tras misión, sin dejar pasar suficiente tiempo entre ellas. A periodo más largo que pasas en casa, más oportunidades tenemos para plantearnos por qué hacemos lo que hacemos. No cabe ninguna duda en que me gusta, me motiva, me apasiona. Pero si tardo más en volver a misión, significa que tengo muchísimo más tiempo libre para abordar la pregunta de qué estoy haciendo con mi vida o cuestionarme hacia dónde va mi futuro.
Y es que… qué difícil entender esta vida que llevamos. Muchas veces surgen más dudas que certezas. No tengo nada claro cuál son los siguientes pasos a dar. No tengo la más remota idea de si esto es lo que quiero hacer en los años venideros. Quién puede saber si me cansaré y cambiaré el chaleco de MSF por una bata de farmacia de barrio. Pero me obligo a decirme que tengo derecho a ir viéndolo con el tiempo, a escucharme en cada momento y hacer lo que considere que debo hacer por mí y por mi propia felicidad.
Tengo miedo, qué digo, pánico, a que este trabajo me defina. A que sin este tipo de vida puede ser que no sea nada, que no me quede nada. Porque ¿quién soy cuando vuelvo a casa y no tengo hobbies, no tengo planes, no tengo rutina? Quizás he creado una necesidad enorme de sentirme útil y este trabajo es lo único que me lo brinda – Lo que hace que muchas veces no me reconozca a mí misma al volver a casa.
¿Estamos definidos por esta función, este cometido? Todo lo que hacemos son estas misiones donde nos sentimos satisfechos y pensamos que nos superamos, crecemos, nos desarrollamos. Y yo, cada vez que vuelvo a casa me siento tan perdida que se me olvida quién soy sin trabajar 10 horas diarias. Mi única pasión es coger un avión y plantarme en medio de la nada para trabajar. ¿Acaso hace algún sentido eso? Puede ser que este trabajo me haga sentir tan realizada, que nada fuera de él es capaz de replicar esa sensación.
Y como soy consciente de que no es sano, me obligo y me recuerdo que tengo que priorizarme. Me insto a decirme: esta vez descanso. La familia es importante. Quiero estar con mis amigos. Quiero viajar, hacer más cosas. Y por eso pongo fechas, digo que quiero volver más tarde y espero. Y la espera, aunque al principio es deliciosa y dulce, a medida que pasan los meses se me torna espesa y pesada. Y eso hace que quiera poner piel en polvorosa.
¿Debería obligarme a salir de mi zona de confort y quedarme? ¿O debería hacer caso a mi pasión, y aunque no parezca la mejor idea, continuar misión tras misión?
¡Qué incongruencia! Hace apenas tres meses se me hacía un mundo el seguir trabajando, me cuestionaba si esto era lo que quería hacer. Gritaba a los cuatro vientos la necesidad de un descanso largo y planifiqué miles de viajes que se suponía me iban a llenar el corazón. Estaba agotada, frustrada y sin fuerzas. Volver a casa era lo único que tenía en la cabeza.
Ahora, dos meses después, esos sentimientos de fatiga y disconfort se han diluido entre planes, aburrimiento y muchos cuestionamientos. Lo cual me confirma, una vez más, que nada es eterno y que lo que sentimos como 100% real, puede dar una vuelta de ciento ochenta grados en un tiempo más bien efímero. ¿Es acaso esto normal? ¿O nos han enseñado a ser tan inconformistas y ambiciosos, que ahora nada nos parece suficiente?
Supongo que la vida es esto. Una montaña rusa, un continuo balance de desequilibrios donde nunca tenemos lo que queremos en ese exacto momento. Y aún así, aquí seguimos. Tratando, andando y luchando por encontrar ese balance de positivos que nunca llega.