
La vida es un arcoiris que incluye el negro
Yevgeny Yevtushenko
Qué viaje. Qué seis meses de completa y absoluta intensidad.
Seis meses que se han sentido como seis años. Únicamente veinticuatro semanas, ciento ochenta días que viéndolos por escrito apenas parece nada.
Pero lo han sido todo.
Empiezo a hacer el balance de la vuelta, analizo y y me dejo sentir lo que ha sucedido en el último tiempo. Y aunque comienzo a darme el espacio para reflexionar, aún siento que la intensidad sigue latente en mi interior. La euforia de la vuelta, los últimos acontecimientos de la misión y la adrenalina de los adioses y de los reencuentros siguen muy presentes en cada poro de mi piel. Esto hace difícil tratar de ser consciente de lo que ha pasado, de digerir que las últimas veinticuatro semanas de mi vida han puesto patas arriba mi cabeza y aún no sé cómo enderezarla de nuevo.
Siento que quiero llorar, que quiero sacar de aquí dentro todos esos sentimientos reprimidos durante los últimos meses. Darme el espacio y la amabilidad para dejarlo salir fuera y empezar así a desentrañar esta maraña de cables enredados creados en la boca de mi estómago.
Pero aún soy incapaz – y eso está bien.
Dejaré pasar el tiempo, hasta que sienta que la adrenalina se escapa de mi cuerpo. Cuando la intensidad sentida baje de 100 a 0 y me note vacía durante un lapso pequeño de tiempo, será el momento. Sé que las lágrimas llegarán y saldrán de lo más recóndito de dentro de mi cuerpo. Que se deslizarán aglutinadas por mis mejillas para ayudarme a diluir todo lo acontecido. Me ayudarán a aligerar esa carga de sentimientos no gestionados que tanto necesito.
Mientras tanto quizás no está mal disfrutar de estar de vuelta. De dormir (aunque no consiga hacerlo), de comer rico, de sentir la magia de los reencuentros durante unas semanas más. De mantenerme ocupada con cosas banales, de persona adulta (¿funcional?) independiente. De esconder durante unos días más ese vacío de una rutina que no sé cómo voy a gestionar. De llenar las horas con Netflix, paseos, vinos, cafés y cervezas. De aprender a ser amable conmigo misma, de quererme y de cuidarme. De aprender a aburrirme (joder, qué difícil es) y de apoyarme en esas personas que no han dejado de estar a mi lado ni un solo segundo de mi vida – bendito Universo que les puso en mi camino.
Y cuando eso deje de ser suficiente – porque sé que dejará de serlo – tocará reflexionar los siguientes pasos.
Bien es cierto que me llevo diciendo varias semanas que esperaba que este retorno fuera a ser más duro que otros. Que preveía largas temporadas de retracción, de soledad y la necesidad de un tiempo más largo de recuperación. Sé exactamente de dónde viene este pensamiento, pero lo que no he sido capaz es de darme cuenta es que no soy la misma persona que puso por primera vez un pie en Mozambique hace seis meses. No soy, ni por asomo, la misma Eva que empezó con MSF hace dos años en Camerún. Hace tiempo que me he ido transformando y he generado unas herramientas que años atrás no tenía. Y por eso debería tener un poco más de fé en mi misma y en la manera en la que pretendo y puedo gestionar esta vuelta.
No digo que vaya a ser fácil – para mí nunca lo es – pero quizás haya aprendido ciertas cosas por el camino que me ayuden a poner en perspectiva toda esta mierda que hay que analizar en el cerebro. Y no todo sea tan malo como mi cabeza catastrofista tiende a pensar.
Quizás no todo necesite ser inmediato. Quizás puedo no parar durante un tiempo indefinido hasta que me sienta preparada. Quizás pueda aprender a quitarme esta culpabilidad de no hacer nada y aprender a dejarme llevar un ratito más.
Soy consciente que tengo que hacerme preguntas cruciales que llevo evitando unos cuantos meses. Que tengo que hacer un balance que me asusta porque por primera vez, puede ser que no sea positivo. Siempre he dicho que seguiré en este mundillo mientras me siga aportando más que quitando. Que si la motivación y la pasión por el trabajo bien hecho es mayor que la frustración y las incongruencias, continuaría. Puede ser que esta sea la primera vez que las respuestas a todas las preguntas no me gusten ni me calmen tanto com otras veces; y es justo por eso que es tan de vital importancia hacérmelas.
En unos días. O unas semanas. Cuando la intensidad que me caracteriza se vaya difuminando con el paso del tiempo.