RollerCoaster

En algún lugar entre el fondo de la escalada y la cumbre está la respuesta al misterio del por qué escalamos

Greg Child

Un rollercoaster de vida, una puñetera y completa locura de último mes. Un tiempo en el que he tenido tantos bajos y más bajos, que he perdido un poco la noción de lo que estoy haciendo aquí.

Releyendo el cómo me sentí al empezar esta misión, traté de agarrarme como si de un clavo ardiendo se tratara de nuevo a esa sensación que tuve al principio. He tratado de rememorarla, de crear en mi interior esa motivación infinita de los comienzos, para poder acabar esto y volver a mi casa.

¡Qué poco lo vi venir! Y a la vez, qué predecible era todo esto. Las diferentes fases por las que pasas en cada misión están casi tan definidas como cualquier protocolo en los que trabajamos día a día. Y aún así, el cansancio me cegó de una manera tan brutal que no lo vi llegar, aunque a estas alturas del libro creo que ya tendría que haber aprendido a gestionarlo.

A veces creo que nos desenfocamos del objetivo que es nuestro trabajo. Justificamos jornadas de 12 horas con la premisa de estar haciendo algo que nos encanta. Nos exigimos una excelencia que jamás se la exigirías a tus compañeros de oficina, pero que consideras necesario que tu propia persona demuestre. Formamos parte de una gran afortunada minoría que puede decir que ama lo que hace, y por eso nos auto-autorizamos a cansarnos hasta la extenuación.

 Y así, sin darnos cuenta, muchas veces entramos en un bucle de frustración, agotamiento y deadlines del que es imposible salir sin perdernos a nosotros mismos por el camino.

Y sin prisa pero con pausa vas tocando fondo. Un fondo que nunca querías rozar con la punta de tus pies, pero de repente tu cuerpo se ha vuelto tan pesado que por muchas brazadas que des hacia la superficie, la fuerza del agua te impulsa igual hacia las tinieblas. Y lo peor de todo es que no sabes que te estás ahogando, piensas que el límite todavía está muy lejos y que aún puedes aguantar un poco en medio de esa inmensa oscuridad, pero cada día que pasa la superficie va quedando más lejana.

Y no es hasta que tus pies tocan por primera vez la tierra en el fondo del océano y tu cuerpo descansa agotado sobre la arena, que te das cuenta de que te estás ahogando. Pero ya suele ser tarde, la superficie está tan lejos que no te da tiempo a recuperarte y nadar con fuerza hacia arriba. Estás tan cansada que apenas te molesta dejarte llevar por la inercia y quedarte ahí abajo un ratito más.

A veces me siento tan culpable de haber elegido este estilo de vida que me aleja de todo lo que una vez consideré normal, que para no sentir esa culpa me justifico con un trabajo lo más impecable posible.

Y pienso que no solo me da miedo este cansancio, me asusta y me paraliza esta sensación de estar tan agotada que empiezo a plantearme si este estilo de vida sigue siendo lo que quiero. Cuando estás tan bloqueada que ya no ves ni te acuerdas del por qué estás donde estás, se hace cuesta arriba dar lo mejor de ti en el trabajo, hasta el punto de ser totalmente injusto para el resto del equipo que te rodea.

Supongo que buscamos más razones y justificaciones por las que sentirnos mal. Porque el cansancio o una sola razón no es suficiente, y tendemos a auto-fustigarnos todo lo fuerte que podamos. Como si fuéramos unas super heroínas a las que nada ni nadie puede derrotarlas.

¡Spoiler alert! Necesitamos un recordatorio que somos personas de carne y hueso. Con límites, con una vida más allá de ésta y tenemos que aceptar que no podemos con todo. No debemos ni siquiera tratar de poder con todo.

Y aún así continúo. Hago mi trabajo, de la forma más impecable que puedo y sé. Sonrío y trato de socializar con un equipo que ya se ha convertido en familia. Pienso que todo va a pasar (porque todo suele acabar pasando), y me centro en otras cosas que no sean esta sensación de estar ahogándome en un océano del que no soy capaz de salir.

Y hablo con personas que me entienden. Me apoyo en gente que me quiere. Verbalizo esta sensación que aún no termino de comprender para ver si escuchándola con mis propios oídos pudiera cobrar sentido mágicamente. Y escribo, escribo para releerme y poder pensar una segunda vez en lo que siento.

Y al final dejo pasar el tiempo. Pues es lo único que puede curar cualquiera de las cosas que ahora mismo pasan por mi cabeza.

Y entonces me siento ligera de nuevo y puedo nadar hacia la superficie con menos dificultad. Me lleno la memoria de los momentos de increíble y absoluta felicidad que he tenido en estos últimos cuatro meses. De carcajadas sonoras, de lágrimas de risa, de bailes bajo la lluvia y de abrazos que me llenan el cora. De pequeños logros, de reuniones satisfactorias, de fofocas y de miradas cómplices.

Y son estos recuerdos los que me vuelven a impulsar hacia arriba, los que me llevan de nuevo a lo alto de esta montaña rusa que se ha convertido mi vida. Esos momentos, pasados y presentes me envuelven y aligeran la carga que portaba, dejándome flotar hasta una superficie que creía demasiado lejana. Mi cara vuelve a tocar el sol, que quema y abrasa. Y cuando siento los rayos tocando mi cuerpo de nuevo, sonrío.

Y es que en esta vida de contrastes, nunca hay nada blanco o negro. Vivimos en una constante montaña rusa entre esa motivación-alivio – tristeza – frustración. Una oscuridad en el fondo del océano, y un sol abrasador en la superficie.

Una bomba de relojería.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar