
Las imperfecciones no son insuficiencias; son recordatorios de que todos estamos juntos en esto
Brené Marrón
Y ya llegó el aniversario de los dos meses. Primeros sesenta días en el proyecto – bueno, en loS proyectos. Ya había pasado lo que parecía una eternidad, y a la vez una ráfaga de segundo. Que parece que llevo un año en Mozambique y a la vez es como si hubiera aterrizado ayer.
El cansancio había cogido su cómodo lugar en mi cuerpo, la frustración estaba empezando a tomar un agradable sitio en primera fila de la rutina, y las lágrimas ya se habían deslizado furtivas más de una vez. Sí…esa conocida sensación de sentir una misión de nuevo en cada uno de tus huesos.
La emoción del principio empezó a difuminarse, mientras las ojeras empezaban a dibujarse oscuras debajo de unos párpados cansados. Ya no había tanta novedad ni alegría, pues ya había dado tiempo a profundizar un poco en lo que realmente era(n) el proyecto(s) y la torta de realidad había empezado a pegar en forma de insomnio por la noche.
Aun así, ahí seguía esa motivación. Ese reto que sentía todos los días por ver cómo iba a ir la jornada. Por pensar una y mil formas de tratar de sacar adelante el trabajo sin volverme loca de frustración. Pero estoy un poco corta de imaginación últimamente y un bloqueo en forma de miedo se aposentó estas últimas semanas haciéndome dudar de mí misma de nuevo – qué aburrimiento, este sentimiento de que no vales lo suficiente.
A veces me pregunto si alguna vez esta sensación se esfumará o si sentiré a ratos que valgo menos durante el resto de mi vida.
Tanta confianza como este trabajo te da, también te la puede quitar a velocidad vertiginosa. Si te encuentras a la persona equivocada, en la posición equivocada, en el momento equivocado. ZAS. Ya estaría, vuelta a la casilla de comienzo del juego.
Pero también qué poco se habla – o qué poco había yo escuchado- del reto que es tener una posición en dos proyectos. Ser flying como dicen, es un estilo de vida. Un estilo de vida al que hay que adaptarse cada segundo de cada día. Esta posición me hace funcionar el cerebro a mil por hora (más de lo normal) y la cantidad de cosas que se escapan a mi control está elevada exponencialmente al cuadrado respecto a lo ya antes conocido. Y ya sabemos cómo me pongo si el perfeccionismo y control de mi rutina se ve alterado…
Como me dijeron hace unos días, los farmacéuticos tenemos tendencia al control, a tenerlo todo planificado, a ser analíticos y no dejar nada al azar. Eso, en una posición como esta es todo un reto que aún estoy tratando de discernir si seré capaz de ganar o no. Aunque igual es una manera de aprender que tengo que empezar a soltar un poco la cuerda. Dejar atrás el micro management, el control total y absoluto por cada actividad y cada pequeña requisición. Intentar bucear hacia arriba para salir de esa nube de burbujas creada y sacar la cabeza para respirar y contemplar las cosas desde la superficie.
Aunque pueda ser que esta posición no esté hecha para mí, sé que puedo sacar de ella un aprendizaje muy valioso que me ayudará a lo largo de mi vida profesional. Como buenos “control freak”, todos percibimos ese tambaleo del suelo cuando sentimos que algo se nos escapa. Ese pequeño terremoto en forma de ansiedad que hace que el cerebro no pare de dar vueltas. Todo ha de estar encajado en pequeñas piezas que hace que el resultado sea perfecto.
Y, ¿qué es perfecto? ¿Por qué nos obsesionamos tanto con ese perfeccionismo en cada actividad que realizamos? ¿Acaso nos ayuda quedarnos enfrente del ordenador diez horas, tratando de perfeccionar ese informe que, probablemente, nadie va a dedicarle más de unos segundos? ¿Qué nos aporta exactamente el estar doce horas al día al pie del cañón, si al final la eficiencia se va disolviendo a medida que el cansancio aumenta?
No nos aporta nada más que paz mental. Ese falso pensamiento de que estamos dándolo todo porque… para eso hemos venido ¿no? Nos da la sensación de hacer todo lo que está al alcance de nuestras manos, aunque esté más allá del exceso. Aunque sea a costo de nuestra salud – física y mental.
Pero creo que ya estoy aprendido. A dejarlo estar. A dejarlo ser. A que no todo puede estar controlado y, ni mucho menos salir como yo quiero que salga. Que al informe le pueden sobrar comas. Que la formación puede tener fallos. Que no llevar todo al día no es el fin del mundo. Que puedo no saber qué está haciendo mi equipo y seguir durmiendo por las noches.
Y no, no siempre lo consigo. De hecho hay muchas más veces que fallo y vuelvo al perfeccionismo, a la obsesión y al control, de las que me dejo llevar y me duermo sin preocupaciones. Pero ahí vamos, por el camino correcto. Y esta nueva posición me ha abierto una nueva ramificación de senderos que me ayudan a dejarlo estar. A dejarlo ser.
Hay algunas otras razones por las que no me emociona estar en dos sitios, razones mucho más personales que profesionales. Pero esto, esto sí es otra historia.
Mientras tanto, disfruto (o al menos trato), de tener dos vidas paralelas. De poder ser yo de diferentes maneras y de medio sentir que llevo una doble vida, como un agente secreto. De re-adaptarme cada vez y de tratar de dar lo mejor de mí, sin importar donde estoy o con quién.
Y que yo, introvertida y muchas veces asocial, sea capaz de estar haciendo esto prácticamente sin esfuerzo, ya dice mucho del lugar donde me encuentro.