Pertenencia

La palabra felicidad perdería su sentido si no se equilibra con tristeza

Carl Jung

Ahí estaba de nuevo esa sensación. Esos pelos erizados con una respiración entrecortada y un corazón contento que suspiraba por haber vuelto.

A medida que el coche atravesaba la carretera – que no el camino de barro -al ritmo de una música portuguesa y yo me fijaba en el logo del coche de delante, me di cuenta de lo afortunada que era por volver a recuperar ese sentimiento.

Sensación de libertad, de pertenencia, de estar justo donde preciso estar.

Siento que muchas veces hablo más veces de lo malo que este trabajo nos provoca; de la culpa, del cansancio y de la dureza de lo que vivimos. No tantas veces me paro a señalar todo lo que este tipo de vida nos da, así que quiero aprovechar a describir esta sensación que me envuelve, y quiero hacerlo ahora que los sentimientos están abiertos, puros y protegidos. Todavía el cansancio no ha hecho mella, la frustración no ha llegado a su punto álgido y yo solo puedo concentrarme en saborear la maravillosa sensación de amar lo que hago.

Los primeros días de inyección de información por vena. Todos los sentimientos entremezclados, tratando de discerner cuál es el objetivo del proyecto y dónde encaja mi posición en todo eso. Tejer un hilo del histórico de los últimos meses para poder averiguar cuál son los siguientes pasos. Cabeza hirviendo de emoción mientras descubro mi primera habitación, la terraza y la oficina medical. Nervios mientras conoces a lo que será tu familia los próximos meses, tratando de visualizar el futuro y saber si habrá “click” o no.

Empezar a hacer listas con objetivos (poco realistas, siempre), rellenar la agenda de post-its, organizar los mails, las carpetas del ordenador y aceptar a horas infinitas de briefings con preguntas que nunca se terminan.

Y en medio de esa vorágine que me envuelve, saboreo con gusto ese cosquilleo que me lleva erizando la piel desde el día uno. Me hago consciente de esa sonrisa de medio lado que se asoma cuando abro de nuevo el programa de farmacia y empiezo a hacer mi primer análisis de stock del proyecto. Todas las primeras veces de una mision son un descubrimiento diario, una energía electrizante que te lleva a absorber una cantidad infinita de información sobre el contexto mientras asumes tus nuevas reglas de seguridad. Es auto conocimiento, convicción en uno mismo, humildad y empatía mientras tratas de discernir por qué el proyecto decidió abrir en este preciso lugar.

Empezar a agendar reuniones para conocer el hospital que apoyamos, apuntarte en el movimiento para visitar la primera clínica móvil y darte cuenta que luego, a final del día, apenas te quedaron un par de horas para avanzar en algunos documentos – y siempre hay mucho para leer.

Es una mezcla explosiva de un sentimiento de pertenencia a la vez que de una sensación de desconocimiento que te hace estar en guardia 24/7. Volver a tener las conversaciones sobre lo duro y horrible que ha sido el día. Escuchar en primera persona de nuevo la frustración, lo que no funciona y cómo algo horrible se podía haber evitado. Pero después de eso tomar una cerveza y oír un “menos mal que me encanta mi trabajo”. Y tras esa justificación y con una larga conversación, a veces la frustración se esfuma y da lugar a un “estoy donde tengo que estar” – porque si hay algo bueno de este trabajo, es encontrarte a personas que les gusta lo que hacen tanto como a tí.

Darme cuenta después de unas semanas que ahora soy una farmacéutica más experimentada, que lo que antes me costaba muchas horas de entender, ahora solo necesito un poco de contexto para saber los siguientes pasos. Sentirme orgullosa del camino que he andado y que me ha llevado hasta empezar un contrato pensando que soy buena, que valgo y que sé lo que estoy haciendo – aunque probablemente con la cantidad de cambios por hora que hay en todas las misiones, ya se encargará el tiempo de hacer darme cuenta que “solo sé que no sé nada”.

Soy consciente de que he tenido suerte, que he comenzado una nueva misión en un lugar que me ha hecho sentirme en familia desde el momento que puse un pie en el proyecto, facilitando una adaptación que llegó prácticamente a las cuarenta y ocho horas. Soy afortunada de re-coincidir con personas que me entienden y conocen, permitiéndome ser yo misma sin juicios. El azar, el destino o la energía que a veces quiero transmitir al universo ha hecho que estas primeras semanas esté feliz, plena, satisfecha.

Por eso aunque sé que vendrán días duros (están llegando ya de hecho), que habrá lágrimas con ojeras y muchísima frustración, que echaré de menos a los míos y que la distancia se me hará un muro insalvable de aquí a unos meses; quiero recordarme que si continúo aquí es por seguir sintiendo este cosquilleo electrizante, por seguir experimentando estos momentos efímeros donde siento una completa sensación de plenitud y pertenencia, haciendo que merezca la pena aceptar una y mil veces este trabajo.

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