
La incertidumbre siempre formará parte en el proceso de tomar el mando
Harold S. Geneen
Como dije en mi último post, no podemos tenerlo todo. Nos dicen que sí, pero la realidad de madurar y crecer es darnos cuenta de que no abarcamos un océano infinito. Y debemos aceptarlo.
Yo he tratado de hacerlo, de aceptar que el balance de mi vida profesional y personal este año no ha sido positivo. Que no lo he sabido equilibrar perfectamente porque esta vez he priorizado mi carrera profesional un poquito por encima de la personal. Decidí marcharme de misión cuando aún no estaba preparada y decidí volver a aceptar una nueva con apenas tres semanas de descanso entre ambas. Así que era imposible tenerlo todo y era inevitable que la culpa inundara mi rutina estas últimas semanas, por pensar que no había estado suficientemente presente cuando debía.
Hace tres semanas estaba trabajando en un país en guerra, apenas puse el pie en España, volé a Estados Unidos para reunirme con mi familia y volviendo de nuevo a mi ciudad, los reencuentros pronto se tornaron despedidas. Y en menos de un suspiro ya tengo un pie en el avión con un nuevo rumbo.
Vértigo
Nervios
Incertidumbre
Cansancio
No sé si con más tiempo que pases en MSF, o con los años de madurez o con quién sabe qué, pasa que parece que me da menos dolor el marcharme. ¿Me habré acostumbrado? ¿Me habré vuelto una persona fría que ya le da igual decir adiós a su familia por seis meses? ¿Habré creado un mecanismo de defensa gigante para que estos adioses no me partan el alma en dos?
Incluso siento que ahora las despedidas con mis amigo son más ¿fáciles? Quizás ellos se hayan acostumbrado tanto a verme por episodios, que también les cuesta menos decirme adiós – Al fin y al cabo les he forzado a acostumbrarse a una rutina en la que nunca estoy.
Sea lo que sea, me encuentro de nuevo en una vorágine de actividades, despedidas, compras y quedadas para estar preparada para poner rumbo hacia otra misión. Y aunque no me sienta aún ni mucho menos preparada, la tristeza desde luego no es el sentimiento principal en esta ecuación.
Por supuesto me parte el alma pensar que la próxima vez que vea a mis sobrinos van a tener un año más. Que por quintas Navidades consecutivas no podré tomarme las uvas con mis padres. Que me perderé de nuevo cumpleaños, sorpresas y novedades en la vida de mis amigos.
Pero no me quedo en la pena. No quiero pensar que apenas les estoy diciendo hola ahora, mañana les tengo que decir de nuevo adiós. Trato de pensar que seis meses se pasan rápido. Que el invierno es oscuro y frío y que volveré cuando los días sean más largos y calurosos. Que tendré un montón de cosas que contar y novedades que compartir. Que los reencuentros serán muy sentidos y que podré disfrutar de un poco más de tiempo con ellos cuando retorne a casa.
Porque si no lo pienso así, si no veo la parte positiva de irme, no conseguiría seguir haciendo esto.
He tardado dos semanas en volver a tener ganas de coger un avión y aceptar que me estoy yendo de nuevo. No conseguía encontrar la energía por la mañana para levantarme y pensar en los reencuentros que tenía que hacer, ya que en el mismo café que nos tomábamos tenía que haber risas de alegría del reencuentro y lágrimas de pena por la despedida. Tener que volver a trabajar muchas horas diarias y cargar la frustración y el estrés en no solo uno, pero dos proyectos, se me hacía una montaña tan grande en mi cerebro, que varias veces pensé en cancelar mi salida.
A medida que los días pasaron y la energía volvió poco a poco a mi cuerpo de manera paulatina, las ganas de trabajar volvieron, débiles pero presentes. Conseguí encontrar ánimos para reencontrarme con mi gente y decirles adiós en el mismo día (por mucho que me partiera el alma en dos).
Los últimos días se volvieron frenéticos (como siempre), intentando compaginar las quedadas, las compras de preparación y tratando de priorizar un tiempo sola que he identificado como obligatorio antes de cada misión.
Así que cuando recuperé la motivación para irme de nuevo, de manera natural mi cuerpo y mi cerebro decidieron que era mejor no sentir pena. Que sentir esa tristeza que a veces me invadía antes de las despedidas me consumía tanto, que era preferible aceptar las cosas como venían. Volverme más objetiva, un poco más fría.
Y no, no tengo idea de qué me va a deparar este nuevo trayecto. De si me gustará tanto como las primeras veces o si será tan duro como el último. De si aguantaré los seis meses, si entenderé el trabajo o si cuando vuelva, querré seguir haciendo esto. Nada de eso me aterra ni me bloquea ahora, porque me encanta que mi trabajo me de la oportunidad de reinventarme con cada nueva misión y haga aflorar una versión mejor de mi misma gracias a los aprendizajes de las últimas experiencias.
No siento aún la emoción típica de antes de irme. No estoy en “modo misión” en mi cabeza por mucho que mi vuelo esté literalmente a 12 horas vista. Pero sé que ese sentimiento llegará el día de mi salida – Cuando acabe las maletas, cierre mi casa y me monte en el coche con mis padres hasta el aeropuerto. Facturar, tomar el último café con ellos y luego proceder a la despedida más dura (decirles adiós a ellos sí que se me hace un poco más difícil cada vez)
Después de unas palabras de aliento, de decirme lo orgullosos que están de mí, y de recordarme que siempre siempre estarán al otro lado del teléfono, paso el control de seguridad. Después de recolocarme todos los cachivaches (que no llevo pocos), echo la vista atrás para decirles adiós una última vez y busco mi puerta de embarque.
Y entonces es ahí – cuando llego a la puerta y me siento a esperar mi primer vuelo – cuando aparece la verdadera emoción. Una mezcla de nervios por la incertidumbre de lo que me encontraré, de miedo por el trabajo a realizar, de curiosidad por la gente que me encontraré y sobre todo de ilusión por comenzar algo nuevo otra vez. Una sensación de cosquilleo me invade y sonrío sabiendo que estoy haciendo lo que realmente quiero hacer.
Por eso sé que aunque ahora no sienta esa motivación e ilusión desbordante por volver a irme de misión, confío y sé que en ese preciso momento esa sensación aparecerá, devolviéndome las ganas increíbles de poner rumbo hacia otro destino, sin importar lo que ello me depare.
A veces pienso que me gustaría saber qué sienten mis compañeros de profesión antes de una salida. Saber si no estoy sola con esta montaña de sentimientos que me asolan a horas de coger ese avión. Si ellos también sienten a veces esa soledad abrumadora incluso estando rodeados de otras personas. Si experimentan esa tristeza al despedirse de una ciudad en la que saben que, de momento, no podrían ser felices. Pero que incongruentemente, despedirse de ella se hace cada vez más duro. De saber si es “normal” tener toda esa culpa, miedo y tristeza mezclada en un cóctel explosivo que nunca sabes por dónde va a estallar. No que me importe mucho saber qué es “normal”, pues ya decidí hace tiempo que no hay nada definido como normal en esta vida; pero a veces en la infinidad de dudas, miedos e incertidumbres en los que me veo muchas veces arrastrada, me gustaría saber si el resto también van en ese tobogán a la deriva tratando de descifrar qué salida coger o trabajando en cómo gestionar la caída de la mejor manera.