
Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo
Séneca
Dicen que podemos tenerlo todo. Que si luchamos lo suficiente, y ponemos una desbordante energía en ello, todo lo que anhelamos puede estar al alcance de la palma de nuestra mano.
Yo solía pensar que era así. Es lo que me habían dicho: vas a comerte el mundo, ¡puedes hacer lo que te propongas! Era capaz de tener todo lo que me propusiera si me esforzaba lo suficiente. Una vida profesional increíble, junto con una vida personal apasionante. Porque dicen que si amas lo que haces, el resto viene solo ¿no?
Pero a lo largo de los años, ya he perdido la cuenta de la cantidad de cosas que he desatendido por esta trayectoria que decidí hace años. No puedo ver crecer a mis sobrinos como quisiera, ni ser parte de su rutina. Saber qué comen, qué les gusta o simplemente estar a una llamada de distancia para cuidar de ellos si hiciera falta. No he estado en momentos cruciales de mis amigas; en pérdidas de familiares cercanos no pude estar presente, aunque solo fuera para abrazarlas, para reconfortarlas con un abrazo y poder tomar un café solo porque necesitan compañía. No he podido bailar en fiestas de mi ciudad durante ya no sé cuántos años. Perderme vestirme de peña, cantar con las charangas y beber calimocho hasta perder la cabeza.
Hace tiempo que no viajo solo por el mero placer de viajar. De conocer sitios nuevos, culturas y probar exóticas comidas. Coger un avión con mis amigos y perdernos por calles desconocidas mientras reímos y creamos nuevos recuerdos para el futuro. Ahora los aeropuertos se han convertido en una herramienta más de trabajo que me lleva hasta la siguiente misión.
He aceptado que no puedo tenerlo todo. Que no puedo llegar a todo. Que durante este camino he perdido a gente, me he alejado de personas que creía imprescindibles en mi vida. He descuidado rutinas, abandonado momentos y me he despojado de amistades que antes lo eran todo.
La vida se para enfrente nuestro, mirándote a los ojos, desafiante. Te reta a abarcar un océano infinito. A luchar contra todo pronóstico para hacer de ella un mar de experiencias nuevas. Como si esto fuera tan fácil. Te hace pensar casi que sí puedes hacerlo. Pero la energía no es ilimitada y llega un momento de tu vida en el que te pones el freno y miras al frente dándote cuenta de que te has perdido por el camino.
Llevo años haciendo malabares para mantener la gente a mi lado, para no perderme los momentos importantes. He puesto dinero, energía, esfuerzo, sudor y lágrimas para llegar a todo. Para estar en bodas, en despedidas de solter@, en viajes, cumpleaños, momentos importantes. He mandado mails, realizado llamadas infinitas y visitas sorpresa para tratar de compensar por todo ese tiempo en el que no estoy presente. Porque me gustaría estar, pero estar de ESTAR. De no ser solo esa hija, hermana, amiga que llama de vez en cuando. De no ser solo esa persona que está al otro lado del mundo haciendo cosas increíbles, pero que no está siendo quien tiene que ser cuando tiene que serlo – ¿Acaso tiene sentido?
Porque la culpa la arrastro conmigo a cada momento. A cada nueva misión que acepto con los ojos cerrados, cada vez que me cierro la puerta a crear una rutina en un lugar concreto, cuando veo fotos en las que siempre falto yo.
Entonces la culpa me corroe porque me hace darme cuenta de que soy incapaz de tenerlo todo, por mucho esfuerzo y energía que ponga en ello. Quizás tengo que aceptar que nunca voy a ser esa amiga que está al otro lado del telefonillo para poder bajar a tomarse un café. La realidad es que soy esa persona a la que ya nunca invitan a los planes porque nunca está en su ciudad. Esa hermana con la que ya no se cuenta para viajes o experiencias inolvidables. Esa tía que no puede conocer a sus sobrinos en profundidad porque la distancia hace insalvable el crear ese tipo de relación. Esa chica del grupo de amigos que cuando llega a su ciudad, todo el mundo pregunta: y ahora, ¿cuándo te vas?
No. No puedo tenerlo todo. Pero es que creo que no debería tratar de tenerlo todo.
Es agotador. Exasperante. Frustrante. Triste. Y sobre todo, imposible.
Al menos con este estilo de vida que he elegido. Por eso lo mejor que puedo hacer es aceptarlo. Hacer las paces conmigo misma y lidiar con esa culpa que se mete en mi maleta en cada nuevo avión que cojo. Secarme las lágrimas que aparecen con cada despedida y aceptar que es parte de esta vida que he elegido.
Lo mejor que puedo hacer es estar presente cuando estoy. Aunque esté poco. Y cruzar los dedos de las manos y de los pies para que al menos para las personas importantes en mi vida, esto sea suficiente.
Y lo que es más primordial, tengo que aprender a que tiene que ser suficiente para mí también. Quiero marcharme a la cama satisfecha con lo que hago. No sentirme mal porque no he podido estar en ese festival. No llorar porque me estoy perdiendo todas esas vacaciones tan increíble que se ven por Instagram. Buscar en lo más recóndito y escondido dentro de mí y pensar que lo que hago es suficiente. Que yo soy suficiente.
Soy consciente de que no he elegido el camino más fácil. Que este trabajo me aleja de mis seres queridos, me arrebata una rutina ordenada y acogedora. Me despoja de momentos, risas, recuerdos. Me llena de una culpa interminable que viene sin ser llamada y me hace sentir que muchas veces no estoy donde debería estar.
Lo que he de recordarme es que me da mucho más de lo que me quita, y que de no estar haciendo lo que hago me sentiría vacía y perdida – Pues ya lo he podido comprobar.
Hay días en los que parece que no compensa hacer lo que hacemos. En los que quieres abarcarlo todo, y en ese proceso la mejor idea que te viene a la cabeza es enviarlo todo al abismo. Por eso escribo y acepto que tengo esos sentimientos; no quiero negarlos, no quiero que esta vida parezca una continua aventura en la que todo son sonrisas (que a veces las redes sociales engañan…).
Honestidad y sinceridad conmigo misma me han ayudado a aceptar, a procesar y a continuar; que parece que con el objetivo de intentar abarcarlo todo, se nos olvida disfrutar del camino. De la semi rutina creada en otro lugar, de la riqueza de absorber otras culturas; saborear la pasión con la que te levanta cada día de y sentir la motivación que te empuja cada día a ser mejor.
Fluyamos cada día con lo que tenemos enfrente. Sintámonos orgullosos de lo que hacemos, despojémonos de ese cliché de «super heroínas salvando el mundo» que sólo aumenta una carga sobre nuestros hombros.
Centrémonos en disfrutar el presente y de estar cuando podemos estar.
Como dice una amiga, FLUYAMOS.