
Si estamos creciendo, siempre estaremos fuera de nuestra zona de confort
John C. Maxell
Dicen que lo de salir de la zona de confort es algo que todo el mundo debe de hacer no solo una vez en la vida, si no de manera recurrente, pues esta es la manera de conocerse a uno mismo, de enfrentarse a diferentes retos, de crecer y de ir acercándonos poco a poco a lo que más queremos (o no).
Yo pensaba que estaba acostumbrada a pisar fuera de mi círculo. Que ya tenía superado esto de cambiar de país, de trabajar con diferentes culturas y de adaptarme a diferentes contextos. Por eso, aunque esta misión suponía un reto en muchos aspectos, nunca lo vi demasiado como una salida de la zona de confort – Al fin y al cabo no dejaba de ser otra misión de MSF, y esto (en teoría), ya me lo conocía ¿no?
La vida, como siempre, se ríe de nosotros. Y cuando piensas que lo tienes todo controlado -¿quién tiene nunca nada bajo control?-, la realidad te explota en la cara. Supongo que no lo vi venir porque no sabía qué esperarme. Porque había pasado poco tiempo entre una misión y otra. Porque no me había dado tiempo a prepararme todos los diferentes escenarios en mi cabeza antes de partir.
Soy rápida en adaptarme a los cambios. A dónde dormir, qué comer, instalaciones, transporte, etc. Una vez que sé lo que hay mi cerebro lo acepta y lo normaliza hasta el punto que me parece hasta maravilloso (dentro de sus límites). He “naturalizado” hasta lo de ir a zonas de conflicto; mi cabeza trata de no analizar demasiado el riesgo al que someto mi cuerpo y al final todo se normaliza en el día a día. Así que no, no era nada de eso lo que me superó.
Son las pequeñas cosas. El cómo había amueblado mi cabeza en el último año, toda compartimentada para saber bien cómo tenía qué reaccionar en cualquier tipo de situaciones. Creo que mi necesidad de controlar todo y de pensar en algún momento que lo tenía todo bajo control – como siempre – ya se encargó la vida de decirme que no.
Que no tengo tanta experiencia. Que tengo millones de cosas que aprender y que aunque sí, haya viajado y experimentado mucho más que el resto de mortales, no significa que puedo estar bien en cualquier escenario que la vida me ponga delante.
La llegada aquí, siendo todo tan increíblemente diferente a cualquier cosa que puedes encontrarte en MSF, me descolocó todos y cada uno de los pilares construidos previamente en mi cerebro. Mi cabeza, ese ente tan increíblemente cuadriculado al que no se le puede introducir un ápice de sorpresa, se mareó al ver que ninguno de mis escenarios se hacía realidad.
Me adapto rápidamente a no tener ducha caliente, a las letrinas y al arroz con judías. Sé cómo trabajar en un contexto de frustración, donde la montaña de cosas “incomprensibles” se amontonan. Donde después del trabajo se hacen diebrifings emocionales porque las cosas no funcionan. Donde la rutina es una continua montaña rusa que lejos de asustarme, he aprendido a valorar.
Pero esta misión no es como cualquier otra. No te da la sensación de estar en un país en conflicto. Si te descuidas y te olvidas de por qué estás aquí, puedes llegar a pensar que estás trabajando en tu propio país. Que no hay tanta frustración – bueno sí la hay, pero un tipo nuevo que desconocía y me asusta. Que los problemas recurrentes a los que ya tenía soluciones aquí no existen. Aquí tienes que re inventarte, porque los obstáculos que te encuentras , no los has vivido nunca hasta ahora.
De repente la inseguridad volvió a mi vida en forma de torrente de dudas, de preguntas sin respuesta, de errores y de asolación. Y claro, como no me lo esperaba para nada – ilusa de mí que pensaba que seguía en mi zona de confort – me pegó demasiado fuerte las primeras semanas.
Y me volví negativa e incluso un poco tóxica. Porque no conseguía salir de ese bucle en el que me había metido solita, pensando que no podía hacer nada por salir de ahí.
Spoiler alert: siempre se sale. Incluso cuando piensas que no. O incluso cuando ni siquiera te das cuenta que estás en ese bucle.
Tengo la suerte de tener gente a mi alrededor que me pone los pies en el suelo. Que es capaz de darme una bofetada de realidad porque no soy capaz de verlo por mí misma. Amigos y familia que me arropan con sus palabras de aliento y me insuflan esa seguridad que muchas veces doy por perdida.
Puede que no sea la misión de mi vida. Sé 100% que no estoy dando todo de mí, que me chirrían muchas cosas y que hay otras tantas que no entiendo. Que aún estoy mareada por todo lo que estos cambios han supuesto en las últimas semanas.
Pero ahora al menos pongo esfuerzo por tirar hacia atrás esa toxicidad, por ver el lado bueno, por absorber y aprender todo lo que en cualquier otra misión no podría. Lucho por dejar atrás esa inseguridad y pisar fuerte cada mañana cuando me despierto. Por confiar en cómo hago las cosas y pensar que, a pesar de que esto es algo que no he hecho nunca, mis conocimientos previos son suficientemente fuertes como para llevarme a través del camino.
El crecimiento personal de nuevo que esto me está acarreando. Conocerme mejor, pasar más tiempo conmigo misma si es lo que necesito y aprender a escucharme, a confiar en mí y en mi trabajo.
Qué agotamiento, esta vida que está continuamente llena de aprendizajes. Que cada camino es un nuevo reto que no sabes qué va a acarrearte. Qué montaña rusa de auto conocimiento, de reflexiones y de nuevas lecciones. Qué trayectoria llena de baches, dudas e inseguridades. Un océano de lágrimas, ojeras y medias sornisas. Corazones llenos, cerebros estimulados y escenarios espeluznantes.
A veces fantaseo con colgar mi chaleco de MSF, trabajar en una farmacia de Burgos, y entregarme a una vida tranquila y sin sobresaltos.
Pero pronto esa burbuja de fantasía explota, porque sé que por mucho que esta locura se complicada, frustrante y agotadora a partes iguales; es la que me hace feliz. Es la única que me hace sentir realizada, orgullosa y rebosante de vida.
Y frente a esto…¿quién querría renunciar a ese sentimiento?