
En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible.
Albert Camus
Poco a poco y casi sin hacerse notar, la normalidad se va aposentando en mi vida de nuevo. Bueno, o lo que puedo recordar vagamente que llamaba normalidad antes de todo esto. Ya no tengo tan claro si lo natural es dormir en mi cama, comer jamón y ver a mis amigos prácticamente todas las semanas; teniendo en cuenta que más de la mitad del año estas actividades brillan por su ausencia en mi rutina.
Pero sí, después de casi un mes de vuelta, entre comidas, reencuentros, vinos, risas, abrazos y besos, una brutalidad de realidad se vuelve a aposentar en mí. El cansancio acumulado de la misión se va desvaneciendo (aunque le está costando) y levantarme de la cama con un objetivo fijo empieza a hacerse algo más sencillo, aunque no del todo fácil.
He vuelto a pasar de intensidad mil a intensidad cero en un abrir y cerrar de ojos, lo que hace que mi cuerpo se sienta un poco desorientado sin saber muy bien cómo reaccionar ante esta inactividad que encuentra inusual. ¿Tiene que estar cansado y coger energía? ¿O necesita activarse para recuperar el tiempo perdido?
La tristeza de abandonar la misión da paso a una melancolía lejana, forjada en modo de evocación, pero ya no de certeza. Lo que antes eran recuerdos muy presentes que removían mi interior, ahora solo son memorias que insuflan una sonrisa ausente en medio de la mañana.
Parece increíble que hace un mes estuviera en medio de la selva del Congo, estresada, cansada y frustrada a partes iguales. Con ganas de poner pies en polvorosa de allí, aunque supiera el dolor que eso iba a provocarme más adelante. Pero el cuerpo ya no respondía más y la mente hacía tiempo que había dejado de ser efectiva, así que el siguiente paso natural estaba claro que era seguir el camino y coger ese avión de vuelta a casa.
Esta misión me ha hecho plantearme muchas cosas. Sobre la cooperación, sobre la ONG, por qué hacemos lo que hacemos. ¿Realmente sirve para algo? A cada actividad me preguntaba si el cómo estamos haciendo las cosas realmente merecía la pena. ¿Estamos al final de todo causando más daño que alivio? Este pensamiento que algunas veces ha cruzado fugaz mi cerebro me ha bloqueado más de una vez.
Qué difícil es crear un proyecto, averiguar cuáles son las necesidades (que siempre son más de una, por supuesto), instalarse, comenzar el apoyo, concretar actividades y empezar. Y luego, aún más complicado, continuar y perdurar en el tiempo.
Seguir analizando estos objetivos fijados, cómo van evolucionando y cambiando, a la vez que el contexto. Y en todo esto, adaptar lo que hacemos, cómo lo hacemos y cómo lo llevamos a cabo. Y mientras, tratar de llegar al cielo, abarcar un océano infinito que ningún ser humano es capaz de abrazar. Pero lo intentamos, ¿por qué? ¿Acaso es justificado? Si no estamos analizando en cada avance si lo anterior lo hacemos adecuadamente, ¿qué sentido tiene añadir escalones? Creamos una escalera de caracol ilimitada sin tener en cuenta cómo es la calidad de la madera con la que la construimos. Y cuando, incansablemente, con prisa y sin pausa, vamos subiendo escalones de tres en tres, por el camino se nos van rompiendo los escalones inferiores. Pero, ¿a quién le gusta mirar hacia atrás? Y a cada nivel que subimos, otro más se crea , creando un bucle de necesidades infinitas que abruman, ahogan y cuestionan.
Y claro, plantearse todas estas cosas mientras nos dejamos la piel por sacar adelante nuestro trabajo, es un trabajo mental sin precedentes que ha drenado prácticamente toda la energía que acumulé antes de llegar a terreno.
Y porque no hay parte negativa sin otra positiva…¿qué sentido tiene trabajar con el automático puesto sin plantearse, siquiera un poco, cómo estamos haciendo las cosas? Al fin y al cabo trabajamos en una organización hecha de personas, con lo que el error está (o debería estar) asumido e incluido en cada plan de acción, ¿no? A veces la única manera de mejorar es la de de cambiar las cosas desde dentro. Dejarte la piel en algo en lo que crees profundamente, sabiendo que la manera de avanzar y prosperar es, normalmente, desde el interior. Mientras encuentre en cada día un momento positivo, una pequeña luz entre tanta negrura. Mientras siga ganando pequeñas batallas y sienta el suelo por donde piso estable, puedo continuar.
Así que sí, por mucho que me hay planteado muchas cosas y la frustración haya sido fiel compañera durante estos meses, no puedo por menos que volver a casa con la cabeza bien alta y el pecho henchido de orgullo por el trabajo realizado. Porque a pesar de que la escalera de caracol no ha parado de crecer y me he cuestionado mil veces la calidad de la madera con la que lo hemos construido, he conseguido mantener la motivación suficiente para poner un pie después del otro y seguir subiendo escalones. Porque he encontrado en cada día un motivo para continuar, para seguir amando mi trabajo a pesar de la cantidad de imperfecciones que he descubierto a lo largo de los últimos meses (y creedme, esto no es fácil). Porque hemos creado una familia que me ha hecho salir del pozo cuando no era capaz de hacerlo por mí misma. Porque una vez más, he vuelto a darme cuenta que redescubrirme es posible y que seguir cambiando y creciendo no tiene un límite de tiempo, si no que es posible seguir haciéndolo con cada nueva experiencia.
A pesar de haber derramado tantas lágrimas las últimas semanas, de haberme sentido perdida y haber perdido seguridad en el trabajo que estaba haciendo. A pesar de las dudas sobre la pertinencia y la continuación del proyecto, de la incertidumbre sobre si seguir o no subiendo esta escalera de caracol que me ha mareado tantos meses. A pesar de las discusiones, la distancia con mis seres queridos, la falta de jamón y la rutina tediosa y muchas veces aburrida… A pesar de todo esto yo me quedo con la sensación de haber contribuido a algo más grande que nosotros. Me quedo con las personas que he reencontrado y que se han convertido en esenciales. Con las sonrisas de los pacientes tratados. Con la piel erizada en mi primera vez en moto descubriendo la periferia de Salamabila. Con el estremecimiento que me causaba cada salida al descubrir un verde infinito. Con las tardes de volley, cervezas y risas.