
Somos lo que hacemos cada día. De manera que la excelencia no es un acto, es un hábito
Aristóteles
La alarma del despertador suena a las 6:20 de la mañana y aunque ya llevo unos minutos despierta aún me cuesta saber dónde estoy y posponer la alarma unas dos o tres veces hasta que reúno la energía necesaria para salir de la mosquitera y levantarme.
Antes de pensármelo dos veces, cojo el cubo de plástico con el vaso, el gel de ducha y la toalla y salgo corriendo de mi cuarto entre charcos de barro hasta llegar a la cazuela enorme de agua hirviendo. Relleno una jarra de agua a mil grados para luego mezclarla con agua fresca y meterme en la ducha. El primer contacto con el agua caliente me hace empezar a despertar y tratar de coger la energía necesaria para afrontar el día.
Salgo corriendo de la ducha tratando (inútilmente) de no mancharme de barro los pies antes de llegar a mi cuarto. Me acuerdo de tomarme el Malarone junto con las vitaminas diarias y me enfundo una camiseta blanca de MSF antes de salir a desayunar.
Son las siete así que no hay mucha gente del equipo aún en pie. Me siento en mi sitio preferido (con “vistas”) y si hay suerte tomo el café con leche líquida de verdad. Las conversaciones lentas de cada día con el Jambo y Unalamuka comienzan y comemos la tortilla recién hecha (sí, nos hacen el desayuno) con el mejor pan recién hecho también de Salamabila.
Las 7:30 se acercan así que me preparo para abrir la farmacia y encender el ordenador para tener unos 15 minutos de calma antes de que comience a llegar todo el equipo nacional. Ponerme al día con mails o agregar en mi agenda una tarea más a mi lista interminable de cosas por hacer.
Es lunes así que toca “Punto Info”, nos reunimos todo el staff nacional e internacional en la base para, por departamentos, ir comentando las noticias importantes de la semana anterior. Logística, administración, medical y por último diversos. Después de 45 minutos generalmente bastante interminables, la semana puede comenzar.
Hoy he tenido la súper suerte poder empezar la semana yendo a la periferia para hacer supervisión de uno de los centros de salud que apoyamos. Así que justo después de terminar el Punto Info, me enfundo todas las protecciones necesarias (casco, rodilleras, coderas y falda de periferia) y salto encima de la moto preparada y emocionada por salir un poco de Salamabila.
Después de un briefing cortito de seguridad, las motos empiezan a rugir y partimos en convoy hacia nuestro destino. No puedo tener este tipo de salidas de manera rutinaria, así que cuando consigo “escapar” es una de las mejores sensaciones de la semana. Poder ver el Congo real, los paisajes que son increíbles, respirar el aire húmedo y sonreír mientras la gente en cada pueblecito nos saluda al grito de “muzungu”. Una hora después de algo a lo que podríamos llamar rutas de barro, llegamos a nuestro destino. Tras las presentaciones necesarias y el plan de acción del día compartido, puedo ir a la farmacia a ver cómo sigue todo.
Hago una rápida supervisión sobre el stock de medicamentos, control de consumos y un refreshment rápido sobre cómo deben recoger los datos de prescripción. Me quedo un rato observando cómo trabajan, aunque honestamente no entiendo nada de swahili así que mi presencia es más puramente física que intelectual. La parte positiva es que al estar yo enfrente observándoles, se esmeran un poco más en dar buena atención al paciente, explicándoles cómo y cuándo tomar cada pastilla (que es prácticamente mi lucha diaria)
La mañana pasa súper rápida y ya es la hora de volverse a poner todas las protecciones necesarias, comunicar el movimiento y ponerse en marcha de vuelta a la base. Disfruto de nuevo el camino de vuelta aún emocionándome por la suerte que tengo de poder realizar este trabajo.
Llegamos casi a las 14, así que la mayoría del equipo en la base ya ha comido. Vamos al salón a ver qué queda y nos sentamos en la terraza a discutir cómo hemos visto hoy el centro de salud.
La comida llega a su fin y empiezo a hacerme un Nescafé para poder llegar viva al final de la tarde. El calor está apretando, así que probablemente una gran tormenta empiece a crearse a última hora del día.
Después de toda la mañana fuera, sé que la tarde va a ser ajetreada. En mi ausencia, varias requisiciones de centros de salud han llegado, así que tengo que revisarlas y validarlas antes del fin del día. Hago un repaso rápido con el equipo para ver en qué punto estamos con las otras comandas y ver si podemos enviar los medicamentos a algún centro mañana en moto – La mayoría de centros de salud que apoyamos están bastante lejos por rutas nada accesibles por coche, por lo que todo movimiento y aprovisionamiento de medicamentos se hace en moto (llueva, truene o haga sol espléndido)
Casi sin darme cuenta las cinco en punto han llegado y mi equipo, puntual como siempre, ya está despidiéndose dando por finiquitada la jornada.
Cuando se van, me pongo la música bien fuerte y comienzo a realizar alguna de las miles de tareas aplazadas en mi agenda. Consigo finalizar un par de cosas y tachar (qué placer!) otras tareas de la lista. Hoy no quería terminar tarde, así que a las 18:30 consigo apagar el ordenador y cerrar (con un buen estruendo) la farmacia.
Como bien habíamos vaticinado a la hora de comer, los truenos y relámpagos empiezan a ser bien notorios a escasos minutos antes del atardecer y nos preparamos para, una vez más, otra tormenta tropical. Evidentemente, bajo la lluvia nos es imposible jugar al voleibol así que por millonésima vez este mes aplazamos jugar hasta que no llueva (inshallah mañana).
Como no me apetece meterme en mi burbuja de hibernación, me dispongo a empezar a ir a buscar en los despachos a mis amigos para sacarles del ciclo infinito de trabajo y ver si hacemos algo. El toque de queda es a las 18, así que entre semana nunca salimos fuera de la base (tampoco que durante el weekend tengamos muchos espacios donde poder ir…)
Hoy no tengo energía para deporte (como prácticamente cada día), así que optamos por subirnos a la terraza con una cerveza fresquita y ver el atardecer mientras comentamos cómo ha terminado la jronada. La conversación gira entorno al equipo, MSF, el trabajo o algún que otro cotilleo.
Bajamos a cenar prontito, sobre las 19:30 y mientras terminamos la cerveza acabamos de charlar sobre otras cosas de nuestras vidas que no tenga nada que ver con MSF (aunque no siempre lo conseguimos). La gente está animada hoy, así que echamos un par de partidas de un nuevo juego que aprendimos a jugar en Navidades y nos echamos unas risas, que son mi gasolina para seguir afrontado el día a día.
A las nueve de la noche los primeros bostezos comienzan a llegar, vaticinando el fin de una larga jornada. Los primeros “à demain” comienzan a dejarse escuchar mientras algunos terminamos de apurar la cerveza y el último cigarro. Hace ya tiempo que parece casi media noche, así que me despido de mis compis y me voy a mi cuarto.
Este es el único momento que puedo tener sola con mis pensamientos y conmigo misma. Sería el momento perfecto para tratar de leer, charlar con amigos o familia o ver alguna serie. Como siempre, ninguna de estas cosas ocurre. Me meto debajo de la mosquitera viendo las últimas noticias de Instagram y escucho a lo lejos cómo el generador acaba de apagarse. Son las 22:00.
Lucho por tratar de ver una serie, pero los ojos se me cierran y me quedo dormida casi a los dos segundos después de tocar la almohada.
Mañana será otro día.