
Los sueños son sumamente importantes. Nada se hace sin que antes se imagine
George Lucas
Aquí estamos, por cuarto año consecutivo, pasando unas fechas tan señaladas a kilómetros de distancia de todos mis seres queridos. Y una vez más, el intento de hacer el balance del año, llega inconscientemente. Cómo si solo tuviéramos qué pensar cómo nos va en cierto día específico de un calendario, ¿no?
Es curioso, casi divertido, cómo cada vez me pesa menos la distancia. Esa que antes me hacía sentir cierto sofoco interior, haciéndome sopesar todas mis decisiones. Cómo una se acostumbra a no ver a su gente, a no formar parte de su rutina y a perderse momentos importantes, como la Navidad. No es que no me importe (ni mucho menos), pero el cuerpo humano es tan inteligente, que la cantidad de adaptaciones por segundo que crea para tolerar ciertas situaciones, es increíble.
Qué vorágine de sentimientos vuelve a crear de nuevo este trabajo con estos nuevos retos. La vida vuelve a ser esa montaña rusa que fue anteriormente y puedo pasar de las lágrimas a la risa genuina en cuestión de horas, hasta a veces pensar que igual estoy perdiendo la cordura. Pero a la vez… qué deliciosa sensación. Qué maravilla estos sentimientos tan fuertes que me despiertan esto que hago. Porque aunque bien es cierto que en esta misión me planteo mucho más el por qué estamos aquí y cómo realmente estamos haciendo las cosas (lo que genera esta conocida sensación de frustración), la experiencia y la madurez que he ido adquiriendo también hacen que sea más consciente del impacto del trabajo, generando esta sensación de plenitud – que muchas veces no es más que un ráfaga fugaz de felicidad.
A pesar del agotamiento y de la enorme montaña de frustración que muchas veces tengo que manejar, aún sigo sorprendiéndome de la increíble suerte que tengo de estar donde estoy. De haber conseguido este sueño y aún algo más de un año después seguir sintiendo esa nube de felicidad y realización, que hacen que todas las dificultades parezcan mucho menos complicadas.
Este año, como muchos anteriores, ha sido una montaña rusa de vivencias. Y es que a estas alturas, creo que ya no sabría qué hacer con mi vida si no fuera este parque de atracciones al que ya me he acostumbrado.
¿Acaso una rutina tranquila me llenaría tanto como esto que hago ahora mismo? Empiezo a pensar que esta adicción a la adrenalina del cambio ha calado en mí y, por el momento, no pienso desintoxicarme. De hecho, en vistas al año que viene, solo me apetece aumentarle un poco más de dosis y subirle un nivel más a este juego que es la vida. Porque aquí….hemos venido a jugar, ¿no?
Y un año más, me siento llena y agradecida por esos pilares que me sujetan y me acompañan allá donde voy. Por tener esa gente que sigue inscrita fielmente a mi canal y que nunca me suelta de la mano. Que son los que me recargan las baterías cuando lo necesito, o los que me ponen los pies sobre el suelo y me dan un tortazo cuando me lo merezco.
Y gracias a este trabajo, sigo teniendo la increíble suerte de seguir adicionando gente nueva a mi vida, gente que sé que ha llegado para quedarse y que aunque hace apenas meses ni conocía, ahora no puedo imaginarme la vida sin ellos.
Parece increíble que hace un año estuviera haciendo el balance del año en medio de la nada en el noroeste de Camerún, entre mosquitos y lluvias. Con una situación personal complicada y una situación profesional muy dura. Un año después sigo en el medio de la nada, entre árboles y tormentas torrenciales, en algún lugar del interminable Congo. Haciendo el mismo trabajo en diferente país, pero con la misma motivación y el mismo cansancio interminable. Y feliz, plena, realizada y sabiendo que no hay ningún otro lugar donde preferiría estar.
Mis 3P me han seguido acompañando a lo largo de estos largos doce meses; me he seguido aferrando a ellas cuando sentía que mi mundo tambaleaba, obligándome a recordarlas como un mantra hasta que el bache pasaba. La intensidad que me caracteriza ha seguido haciendo que disfrute cada paso de vida que he dado este año. Me he tomado el tiempo necesario para (re)conectar con mis raíces, para crearme un puerto seguro donde aterrizar después de cada viaje, lo que me ha permitido (re)aprender a saborear la pasión hacia mi trabajo.
Y con ese sabor me quiero quedar para empezar el 2023. Ese gusto dulce que me da la energía necesaria para impulsarme hacia arriba cuando hay esas caídas al vacío durante la montaña rusa de mi vida.
Así que al nuevo año que entra no le pido nada específicamente.
Porque aunque suene a película de Disney 3.0, ya tengo todo lo que necesito.
Feliz 2023, mi amada princesa del Congo ! Hoy solo te escribo esto. El resto lo has escrito tu¡ Te quiero¡ y no cambies, por favor¡
Enviado desde mi iPad. Ignacio Ruiz
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