Si tienes la capacidad de amar, ámate a ti mismo primero
Charles Bukowski
Y de repente ahí estaba, de nuevo, esa chispa por la emoción a lo desconocido. Ese nudo de nervios en el estómago por embarcarme rumbo a esa vieja adrenalina que creía olvidada (y a la que me he hecho adicta desde hace años)
Un mes para navegar hacia un nuevo destino que se me antoja increíblemente apetecible; siendo esta la primera vez que estos nervios que siento no me paralizan ni me hacen cuestionarme todas las decisiones tomadas anteriormente. Por primera vez siento más emoción que pánico – al menos en los primeros momentos.
Y sí, puede que esto se deba a la experiencia previa. A la madurez que he ido tejiendo estos últimos años. A que ya sé lo que me espera y que no es la primera vez que trabajo para esta ONG.
Pero quiero también creer que es porque he cambiado. Porque estos seis meses que en un principio me aterrorizaban, finalmente se tornaron necesarios para poder continuar y caminar hacia delante, sin miedo y con la seguridad de que este paso es realmente lo que quería.
Después de una misión que fue muy dura para mí personalmente, que me hizo repensarme muchas cosas en mi vida profesional, necesitaba un tiempo de pausa. De “stop” para saber por qué estaba haciendo lo que hacía, pues no quería continuar por inercia, pues había visto lo que eso podía hacer a las personas (en el campo personal y profesional).
Y aunque en un principio me aterrorizaba tanta inactividad, y parecía un tiempo eterno alejada de lo que se suponía que amaba; resultó ser la decisión acertada.
Tras varios años fuera de mi ciudad, alejada de mi familia y de mis amigos. Tras mucho tiempo viviendo fuera de mi zona de confort y afrontando cada día como un reto, la energía se me agotó y la pasión que derrochaba por lo que hacía se fue derritiendo poquito a poquito.
Quizás necesitaba un momento de desconexión y re-conexión. Exclusivo para mí. Una vuelta a esa zona de seguridad que creía perdida. De cuidarme, de (re)conocerme, de independizarme (completamente), de descubrir mis errores y de aprender a amar mis imperfecciones. Y sí, también de una terapia psicológica que me acompañara durante todo este proceso, porque no hay nada malo en aceptar que a veces necesitamos una mano externa que nos guíe hacia donde queremos ir.
No me cansaré de decir lo afortunada que soy. La increíble suerte que tengo de haber contado con una familia que me ha apoyado contra viento y marea, de tener unos amigos que siguen a mi lado (y me lo han demostrado), después de muchos años fuera. De poder tener una ciudad a la que aún sentir hogar, y a la que hoy me siento feliz de poder volver.
Y es todo esto lo que necesitaba cuidar. Lo que necesitaba sentir antes de embarcarme de nuevo en esta vida trotamundera que me llena y me guía. Porque sólo podía seguir haciéndolo si sabía que seguía forjando y construyendo un puerto seguro en el que poder desembarcar tras una tempestad. Sentir que soy de algún sitio, anclarme aunque sea figuradamente a cuatro paredes me ha dado una estabilidad necesaria para poder continuar haciendo este trabajo.
Porque seguirán llegando tormentas. Vendrán misiones con nuevos retos de los que puedo salir en trocitos. Afrontaré y veré cosas dolorosas. Me sentiré perdida, sola y agotada. Viviré con una intensidad que la mitad del mundo no conoce. Llegarán nuevas personas a mi vida, y se volverán a ir. La montaña rusa de sentimientos volverá a arrollarme de nuevo.
Y aunque nunca nada puede prepararnos para lo que vendrá, los nervios aposentados en mi estómago desde hace unos días me indican que estoy dispuesta a re-intentarlo con todas mis fuerzas.
