
Si un hombre no sabe a qué puerto se dirige, ningún viento le es favorable
Séneca el Viejo
A través de las pocas misiones que he hecho en este mundillo de la cooperación, la misma pregunta siempre ha oscilado a mi alrededor, no importara dónde estuviera. Y sobre todo me rebota en la cabeza cuando vuelvo a casa.
¿Qué tienes que hacer para no perderte a ti mismo, entre tantos países, culturas y experiencias? ¿Es posible tener una vida fuera del trabajo? ¿Una familia, una pareja? En caso afirmativo, ¿a qué coste, con la alta carga de trabajo que soportamos cada vez que estamos en terreno?
Cuando entré en MSF, ésta era una de mis preocupaciones más recurrentes. Había escuchado muchas historias de la adicción al trabajo, de la alta carga horaria una vez en terreno, de cómo la gente se hacía adicta a esa sensación, olvidando de dónde venía o a qué.
Cuando algo te estremece, tiendes a implicarte de lleno en esto, ¿no? Suena medio lógico el tratar de dar TU todo por algo que te hace sentir tan increíblemente realizado. Pero, ¿es acaso tu pasión más importante que tú mismo?
Tendemos a bloquear nuestro estado emocional en el terreno para poder seguir adelante, para hacer frente a toda esa responsabilidad que nos ha caído entre los hombros, pensando que «esto sin mí no puede salir adelante». Y entre tanto ego y necesidad irrefrenable de sentirnos imprescindibles, se nos olvida recargar nuestra batería emocional – la que realmente nos puede dar la energía necesaria para continuar.
Y cuando llegamos de nuevo a casa (¿qué es casa?) nos sentimos inútiles, con una confusión de identidad que nos genera un malestar que no sabemos cómo gestionar. Y nos preguntamos quiénes somos después de todos esos meses en terreno.
Al volver nos damos cuenta de que nuestra autoestima no debería estar tan íntimamente ligada con nuestra performance en el trabajo, que somos más que un puesto, que una misión, que una organización. Porque cuando aterrizamos de nuevo a eso que llamábamos hogar tenemos infinitas horas por delante con una inactividad a la que no estábamos acostumbrados. Suplimos esta pasividad con miles de salidas entre amigos, familiares, banquetes y fiestas. Y de repente, cuando los viajes y el ruido se acaban, nos preguntamos ¿quién soy?
Siento que si estas sensaciones se perpetúan en el tiempo, que si las dudas, el estrés, el cansancio se aposentan en mí como sentimiento recurrente, me da miedo que esto se transforme en un desencanto hacia mi profesión – como ya he sido testigo en compañeros y amigos.
Tengo poca experiencia, apenas estoy comenzando. Adentrarse en este camino tan brillante como tenebroso, a días me da pánico y a otros solo quiero ponerme las zapatillas y echar a correr hacia terreno. Empezar a ver los entresijos de una carrera complicada, por la alta implicación emocional que supone, me da respeto y por eso dedico horas en pensarlo y en escribir para aprender a conocerme y a saber qué es lo que YO necesito – de manera que ese desencanto no se aposente en mí con el tiempo.
Porque es cuando por fin me relajo, cuando bajo mis defensas y vuelvo a sentirme de nuevo cómoda en el lugar que estoy, que me doy cuenta de todo lo que aún queda por profundizar, averiguar y aceptar. De momento, lo primero que he comprendido es que necesito tener un puerto al que llegar, uno en el que me sienta segura para desembarcar y re-aposentarme. Tener algo a lo que siempre volver y que sepa que estará esperándome al otro lado. Pero tenerlo no es suficiente, necesito nutrirlo, cuidarlo y mimarlo. Tiene que ser un hogar seguro que amortigüe esa caída que tenemos cada vez que volvemos.
Y estoy aprendiendo, poco a poco, a escucharme; a poner atención a lo que el cuerpo y la mente me dicen para poder seguir ahondando en esta vida que tanto creo me apasiona. Crear un puerto seguro, cálido y hogareño es, desde luego, todo un reto. Más cuando la mitad del año (o más) estoy fuera, surcando los mares entre aventuras y misiones.
Pero si es lo que necesito para poder seguir adelante, bien merece la pena intentarlo.