
Sólo una cosa es más dolorosa que aprender de la experiencia, y es, no aprender de la experiencia
Laurence J. Peter
Es increíble que ya hayan pasado seis meses desde aquel 20 de septiembre en el que puse rumbo a Camerún para cumplir un sueño. Ahora son momentos agridulces, en los que el cansancio acumulado me hace querer volverme a España a abrazar a mis padres (creo que nunca he necesitado un abrazo suyo como ahora mismo). Pero por otra parte, decir adiós a lo que hemos creado en Mamfe y despedirme de gente que ya es familia, me hace querer quedarme un poco más (aunque ni mi mente ni mi cuerpo están preparados para ello).
No creo que las palabras alcancen a describir esta montaña rusa de sentimientos y experiencias acumuladas. En las que ha pasado de todo y a la vez no ha pasado nada.
El contexto, la seguridad, las dificultades y la cultura. Todo esto, de una u otra manera te lo llevas preparado de casa. Te mentalizas cómo puede ser (aunque luego la realidad sea otra), y más o menos puedes llegar preparado a terreno sobre lo que vas a empezar a experimentar desde el día uno.
Nosotros teníamos toque de queda a las 18.30, todos los días. No podíamos salir solos a absolutamente ningún lado, y básicamente fuera de la base sólo podíamos ir los domingos. Tenías que ir con chófer a todos los lados, reportar tus movimientos para que se supiera en todo momento dónde estabas y gracias al cielo, al menos teníamos un caminito de dos kilómetros para poder salir a andar y tomar el aire de vez en cuando (en parejas eso sí). La comida, aunque sin tener mucha variedad, estaba bastante bien (yo me esperaba rice and beans todos los días). La carga de trabajo, aunque enorme y estresante, era algo que podía manejar y para lo que venía preparada (cualquier persona que haya trabajado en MSF te lo cuenta).
Las condiciones de seguridad mejoraron y empeoraron, fue una montaña rusa de catastróficas desdichas sucediéndose, una detrás de otra. Y muchas actividades se tuvieron que parar y nosotros, acomodarnos a ellas.
Trabajar con MoH (staff del Gobierno) en el hospital en el que estábamos apoyando, como bien habíamos imaginado, tenía más complicaciones que un hospital únicamente gestionado por MSF. Afortunadamente, Mauritania me había dado muchas tablas para este tipo de contacto y manera de gestionar, así que dentro de la dificultad, no encontré mayor complejidad que la de acostumbrarse y, como siempre, poner una sonrisa (de verdad, siempre funciona).
Pero sí, ha sido una misión donde no han faltado los problemas. Algunos demasiado duros de los que ni quiero ni puedo hablar, y otros, como la falta de medicamentos, que hasta el día de hoy me dan dolor de cabeza.
Sé que me ha gustado el trabajo y que, a pesar de las complejidades, me ha parecido un reto motivador para aprender y ser mejor profesional. Pero empezar en una misión como Project Pharma, sin tener supervisor técnico, y con nuestro cargo internacional de medicamentos bloqueado, el estrés de las primeras semanas todavía lo sigo sintiendo como si fuera ayer. Exageraciones aparte, no sé si he aprendido sobre Supply MSF, pero sobre paciencia e imaginación, un rato. De cada parte negativa siempre he conseguido ver la positiva, y lo cierto es que si bien esta misión en términos profesionales no ha sido la más sencilla, creo que me ha dado unas competencias que en cualquier otro contexto no hubiera adquirido
Pero lo que más me descolocó, y sobre lo que casi nadie habla, o al menos yo no había oído hablar, es sobre el equipo. Esas personas expatriadas («expats») que pasan a formar parte de tu vida de la noche a la mañana. Gente que es completa desconocida y con la que, de repente, te pones a convivir y a trabajar con ellas veinticuatro horas «non stop». Nuestro grupo era más o menos grande, vivíamos 13 personas en la casa (más visitas de vez en cuando de coordinación o de sede) y lo cierto es que considero que tuve mucha suerte de empezar esta aventura con una familia tan genial. Un equipo con el que trabajas, comes, bebes cerveza, haces deporte, cocinas, paseas, compras… De repente tu independencia pasa a un segundo plano y tú empiezas a formar parte de un todo que es esta nueva familia que empezaste a conocer ayer. Y encontrarte de nuevo a tí con tu soledad entre tanta gente se vuelve misión imposible, a no ser que pongas empeño y energía en ello.
Pero no fue la falta de aislamiento lo que me costó asimilar, si no hacerme a la idea de que esta gente a la que un día llamabas familia, se podía ir a la mañana siguiente, poniendo tu rutina patas arriba. Todas nuestras misiones son generalmente de seis meses, y no se suele llegar todos a la vez, así que a lo largo de misión he perdido ya la cuenta de a cuántas personas he dicho adiós. Y ver marcharse a personas que quieres, y sentir su ausencia en tu rutina una vez se han ido… Duele. Duele y desestabiliza.
Porque si algo ayuda a mantener la calma en ese mar de tempestad, es una buena dinámica en una rutina con tus compañeros de misión y vida.
Dicen que con el tiempo te acostumbras, que las despedidas duelen menos y que te cuesta menos hacerte a las nuevas dinámicas de grupo que se reinician con cada nueva incorporación. Creo que en la primera misión todas las sensaciones son como una bofetada que no ves venir, rápida y dolorosa. Como precipitarte al arrancar un esparadrapo de la piel.
En una primera misión todo es más brillante, más intenso, más acalorado, más brutal. Y yo me enamoré; del trabajo, de mi familia, del proyecto, de la gente. Profundamente. Y, en parte, fue este amor lo que más complicó toda este proceso.
Sé que he aprendido, y que con el tiempo seré capaz de que me afecte menos; pero nunca aprenderé (ni quiero) a querer menos, a involucrarme menos, a apasionarme menos. Porque esa es mi esencia, y sé que sin esta parte de mí, tampoco podría estar haciendo lo que hago.
Así que cuando dicen que el amor duele… Es verdad, duele en todos los recovecos. Pero este dolor que he sentido, aunque me haya paralizado, me haya hecho llorar, me haya hecho sentirme perdida y a veces sola, no lo cambiaría por nada del mundo. Porque me ha permitido entrar a formar parte de una nueva familia. Y porque es, gracias a él, que estos seis meses han sido tan especiales.
Y es por eso que sé que a pesar de ese dolor, de esa tristeza, de todos esos adioses encadenados; sé que a pesar de esto, todo merece la pena; porque ahora estoy segura de que este era mi lugar.
Quiero seguir haciendo este trabajo que me apasiona. Formar parte de diferentes culturas, equipos y vivencias. Porque tengo la suerte de levantarme todos los días siendo consciente de que soy parte de algo más grande que yo. Y porque me sigo yendo a dormir con una sonrisa en la boca sabiendo que estoy donde debería estar.
Por eso aunque sea consciente de las dificultades (siempre hay que ser consciente de ellas), ahora sé que puedo sobrepasarlas y no sumirme en ellas.
No podría haber tenido una primera mejor misión. Un mejor equipo. Una mejor familia. Una mejor experiencia. A pesar de las catastróficas desdichas. A pesar de las despedidas. A pesar de la tensión.
Sí, a pesar de todo, hoy digo: see you in MSF World (inshalla)