
No encontrarás pasión alguna jugando al mínimo; conformándote con una vida menor a la que eres capaz de vivir.
Nelson Mandela
Vaya año de tantas cosas increíbles a las espalda.
Mi año empezó tomando las uvas en una playa de Nouakchot rodeada de todo tipo de gente diferente. Una manera diferente y extraña de entrar en un año de incertidumbres debido al Covid, pero no podría haberlo imaginado de otra forma. Lanzando fuegos artificiales al Universo, susurrando deseos impronunciables al mar, cruzando los dedos para que se hicieran realidad – Vaya sí se hicieron.
Entré el año en Mauritania, haciendo lo que más me gustaba y tanto estrés me causaba. Aprendí a querer ese trabajo, tanto casi como a odiarlo. El año casi apenas había empezado cuando recibí un mail que llevaba esperando años – Estaba seleccionada para entrar a MSF, solo tenía que pasar tres entrevistas diferentes y podría pasar a formar parte de lo que había sido únicamente un sueño en mi cabeza los últimos seis años. ¿Podría haber tenido un mejor comienzo de año? Varios meses después, tras varias entrevistas y una ilusión desbordante me dieron la noticia que llevaba esperando. Mi vida estaba a punto de cambiar.
Esto significaba decir adiós a Mauritania después de dos largos años. Aunque siempre hubiera habido drama y lágrimas involucradas, me costaba más de lo que quería aceptar que tenía que dejar lo que ya se había convertido mi zona de confort en el otro lado del mundo.
Nouakchot me regaló una familia a la que no me unían lazos de sangre. Esa ciudad me vio crecer como antes no lo había hecho y me devolvió una confianza perdida en el fondo del mar. Aprendí a luchar por lo que quería, a imponer mis pensamientos y a encontrar un equilibrio entre mi vida profesional y personal. Seguí forjando mi propia personalidad, y aprendí a caminar orgullosa de mi manera de ser y de pensar. Veía las cosas de diferente manera que el resto, y abogaba por seguir creciendo a mi manera y en mis tiempos.
Decir adiós a algo que te ha dado tanto duele de sobre manera. No creo haberme enfrentado nunca antes a este tipo de adiós tan agridulce. Me marchaba en dirección a un sueño y a algo que llevaba esperando años. Me sentía preparada para poner pies en polvorosa de Nouakchot y mi corazón estaba preparado para abrirse camino a una nueva familia y experiencias. Aún así, aún recuerdo el momento en el que dije un último adiós al país de las mil lunas, entre tormentas de arena y lágrimas, despegando y sabiendo que probablemente nunca volvería. Algo se rompió dentro de mí y supe que jamás podría volver a recomponerlo.
Poco tiempo después (demasiado poco) y aún sintiendo Mauritania corriendo entre mis venas, cogí un vuelo dirección a Camerún a lo que esperaba fuera el principio de mi futuro profesional. Quizás con demasiadas esperanzas e ilusiones aterricé en otro país, de nuevo esperando a que mi vida cambiara y mi zona de confort se trasladara de hemisferio.
El momento que me puse por primera vez el chaleco de MSF y los pelos de los brazos se me erizaron, supe que estaba donde tenía que estar.
El aprendizaje de mi ciudad de poussière viajó conmigo todos estos kilómetros, hasta ser el protagonista de mis primeras semanas en Mamfe, donde me di cuenta que Mauritania me había permitido llegar a ser una increíble profesional, que era capaz de hacer su trabajo en diferentes contextos y bajo diferentes presiones. Dentro de la dureza del lugar donde vivimos, de las dificultades del día a día, y de la excesiva vida rutinaria a la que nos vemos obligados a tener, me siento afortunada de tener el privilegio de terminar el año entre hermosos paisajes de verde infinito, rodeada de gente que adoro y envuelta en una camiseta blanca con un logo rojo.
Aquí he conocido otro tipo de familia, una unida por un mismo objetivo. El tener la oportunidad de convivir con gente que se mueve por las mismas razones que tú, hace que la conexión que creas sea más rápida y profunda que en otros contextos. En tres meses las personas que trabajan conmigo se han convertido en un pilar importante de mi vida y en una red de apoyo aún a miles de kilómetros de casa. En cierta manera, me siento diferente que la Eva que llegó hace tres meses; han pasado tantas cosas que no me veo capaz casi ni de escribirlas. Hace poco tiempo me dijeron que soy «demasiado intensa», pero es que creo que la vida que llevamos es, por definición, INTENSA HASTA LA MÉDULA.
Este camino de vida que he elegido me ha llevado por senderos magníficos y me ha hecho conocer a gente increíble. Pero lo que más ha hecho es dejar que me conozca en niveles tan profundos, que mi ciudad natal nunca hubiera podido hacer.
Todo lo que hago lo sigo haciendo como siempre, con las tres P que me han acompañado en cada etapa de mi camino. Porque creo que no hay nada que haga más atractivo un trabajo que ver la pasión y el amor que otra persona pone en lo que hace. Nada más que pueda incitar a probar algo nuevo.
Realmente adoro lo que hago, realmente amo este camino de vida que he elegido, y cada día, no hago más que reafirmarme en que no podría haber tomado una mejor decisión. Es sobre todo en los días duros, en los días tristes y grises cuando más tengo que aferrarme a estas tres P, a este aura de positivismo, para recordarme por qué estoy aquí y por qué tengo que seguir hacia adelante, aunque ese día la cima de la montaña parezca inalcanzable. Porque obviamente no todo es color de rosa, ni tan precioso, motivador o apasionante como la escritura alcanza a describir, pero al menos, el sentimiento que persiste después de la tormenta, sigue siendo el mismo que me llevó a estar donde estoy en el día de hoy.
Y que estos últimos momentos agridulces de este año no empañen todo lo acontecido y conseguido durante los trescientos sesenta días anteriores. Que la ilusión, la esperanza, el positivismo y la fortaleza me sigan acompañando, aún cuando no sepa cómo encontrarlos.
Porque es en esos momentos cuando más necesito aferrarme a ellos.
🎧 The Sun is Coming – Felipe Baldomir 🎧