
Empieza haciendo lo necesario, después lo posible, y de repente te encontrarás haciendo lo imposible
San Francisco de Asís
Ahora que por fin he encontrado un momento para sentarme y analizar la situación, me parece surrealista que solo lleve un mes en este trabajo. Solo hace cuatro semanas que cogí un vuelo con la mayor ilusión del mundo, una maleta cargada de sueños cumplidos y una energía y nerviosismo desbordante.
Ahora ha pasado un mes, un mes desde que soy oficialmente parte de la familia MSF. Me sigue pareciendo un sueño decirlo en voz alta y que sea realidad. A veces cuando quieres algo tanto, una vez que lo consigues sigue pareciéndote surrealista, como si no formara parte de tu vida.
Mientras escribo, se ha ido la luz. Una de tantas veces en las que el generador se ha apagado y me he quedado a oscuras en la terraza sumida en una tranquilidad solo alterada por el sonido de la lluvia tronando a mi alrededor. Respiro y aprovecho esta calma que me han regalado en el final de una semana tan agotadora.
Minutos después el generador se vuelve a poner en marcha, la luz se enciende y los mosquitos vuelven a revolotearme en las orejas. Y miro hacia el horizonte, donde solo se ve una ciudad sumida en la oscuridad, y los coches todo terreno de MSF brillando en el parking enfrente mío.
Y entonces me viene, así, de repente. Como un tsunami de sentimientos explotando en mi interior. Lo llevaba rumiando varios días en mi cabeza, pero el agotamiento y el estrés no me dejaban darles pie para salir.
Los primeros días de bloqueo en la capital sin poder llegar al proyecto. La segunda semana en coordinación, con briefings y todavía sin poder llegar a proyecto. La tercera y la cuarta semana, ya en proyecto, pero enterrada en un millón de informaciones nuevas, gente, idiomas, culturas y adaptaciones.
Y no me había parado ni un solo momento para apreciarlo. Para darme cuenta de la increíble suerte que tengo de estar donde estoy. De que lo he conseguido. De que todo el esfuerzo realizado en los últimos años ha dado su fruto hasta llevarme a done estoy ahora mismo. En esta terraza de una ciudad sumida en el profundo Camerún. Siendo feliz, increíblemente feliz.
Y oye, que no todo es maravilloso. Ni por asomo. Que yo ya he tenido mis días duros, mis ganas de llorar y mi frustración de agotamiento eterno. Que no entiendo todavía ni la mitad de las cosas, que más del 80% del tiempo diario me pregunto qué narices estoy haciendo y si no estaré cagandola enormemente. ¡Y por supuesto, no hay jamón!
Estoy agotada, en un tipo de agotamiento que no había sentido nunca hasta ahora. La presión me puede, pensando que ahora que he llegado donde quería, no puedo hacerlo mal. El tipo de trabajo, donde siempre se acumulan las cosas por hacer y todo parece urgente. No conseguir sacar tiempo para mi misma entre el trabajo y las horas de dormir. Acostarme pensando en medicamentos y levantarme haciendo listas de tareas para afrontar el día. El miedo constante a no estar haciéndolo bien o que se den cuenta de que no sé tanto como parece. El pánico a que el cansancio no me deje disfrutar de los pequeños momentos de victoria. El estar tan cansada que hasta llamar a mis amigos y familia me parezca un esfuerzo sobre humano porque no tengo la energía suficiente para contar cómo ha ido mi día.
No, no todo es tan emocionante como pensaba o como lo imaginaba en mi cabeza. Ni mucho menos. Pero no por eso lo hace ser menos maravilloso. Aunque parezca una incongruencia.
Pero es que la felicidad ya no se basa en un solo momento en el que lo tienes todo y todo marcha bien. Y la vida parece encarrilada. Mi felicidad es estar haciendo lo que me apasiona, por mucho reto que parezca y días malos tenga.
Aún no me creo que después de todo lo luchado, haya conseguido estar donde estoy. Aunque a veces también pienso que no solo ha jugado el esfuerzo, si no que he tenido suerte durante el camino. Suerte en encontrar a gente que han creído en mí más que yo misma, que me han apoyado para estar donde estoy. Suerte en tener amigos que jamás han dudado de mí y que han seguido a mi lado a pesar de tantas idas y venidas. Suerte de poder haber contado con una familia que podía apoyarme económicamente para formarme y que además, a pesar de no comprender mis sueños, no hicieron más que alentarme a perseguirlos.
Y es que, cuando la suerte y el esfuerzo se juntan, a veces una se siente imparable.
Así que brindo por este primer mes y por los que espero, que sean muchos más.