Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos
Viktor Frankl
En la locura que ha sido este año, me he visto (como muchos otros), perdida entre los confinamientos, estreses, incertidumbres y bloqueos (tanto físicos como mentales).
Después de decidir cogerme unas vacaciones a España porque llevaba un año sin volver, me quedé bloqueada sin poder regresar Mauritania, debido al Covid-19.
Fueron meses muy extraños. Tenía sentimientos encontrados entre si debía sentirme feliz o frustrada. No sabía si debía disfrutar de tener más tiempo con los míos, o estar preocupada por no poder volver a mi sitio de trabajo, que también se había convertido en mi hogar en los últimos meses. Tenía contradicciones sobre empezar o no nuevos hábitos en mi ciudad por si me avisaban de que podía volver, pero también sin tener una rutina me sentía perdida.
Tampoco puedo quejarme, finalmente fueron solo dos meses y medio que estuve “bloqueada”, en mi propia ciudad de España, con mi familia y mis amigos. Ahora que han pasado y me encuentro de nuevo en el país de la poussiere, lo veo diferente. No es que me arrepienta (estoy tratando de dejar ese mal hábito), pero encuentro que hubiera podido disfrutarlo un poco más. Tanto pensar en Mauritania, no me dejó el espacio para disfrutar verdaderamente de los míos (y eso lo que lo intenté bastante). Imagino que el pensar que podía perder mi trabajo y encontrarme de repente en un limbo que no deseaba, me desequilibró un poco emocionalmente.
Pero oye, ¿quién no ha estado un poco desequilibrado emocionalmente este último año? Que tire la primera piedra…
Finalmente se me dio la oportunidad de volar a lo que ya era mi hogar. Y aunque el proceso de volver no fue fácil (sucedieron un torrente de catastróficas desdichas que mejor ni contar), conseguí aterrizar de nuevo en mi amado Nouakchot, no sin un mar de dudas y miedos arrastrados conmigo en la maleta.
Ya he contado algunas veces que la vida que elegimos en cooperación no es fácil. El sentirte de ningún sitio, y a la vez de muchos. Empezar de cero en las nuevas misiones, y dejar atrás amistades y conocimientos. Esto altera mucho el ánimo, y psicológicamente puede ser duro también. Te sientes de España porque has crecido allí, y es ahí donde siguen tu familia y amigos de toda la vida. Pero hay algo que te ata al exterior, que te remueve las ganas de seguir conociendo, viajando. Encontrar un equilibrio en todo esto no es fácil, aunque todos tratamos y lo manejamos a nuestra manera, pues no hay ninguna fórmula mágica que nos diga cómo debemos afrontarlo y gestionarlo.
Cuando me tocó volver a Nouakchot, el miedo que sentía no era el típico de antes de empezar en un sitio. Es el miedo que sientes cuando regresas a “tu tierra”. La vida allí ha continuado sin ti (por supuesto), y la gente tiene unas rutinas y nuevas dinámicas de las que ya no formas parte. Yo llevaba casi 3 meses fuera y todo en Mauritania había seguido sin mí. Yo, como buena histérica y fanática del control que soy, esto me aterraba.
Supongo que siempre hacemos una bola en nuestra cabeza mucho más grande de lo que es la realidad. Alimentamos este miedo, estrés o preocupación sin darnos cuenta de la pelota que formamos, cuando muchas veces en realidad es más nuestro cerebro el que se encarga de dibujar escenarios que no son reales.
Mi nueva llegada a Mauritania fue parecido a un reencuentro con un viejo conocido. Nos saludamos como si nos hubiésemos visto el día anterior y el tiempo no hubiera pasado entre nosotros. No sé si fueron las ganas que tenía de volver, el miedo que había proyectado en mi vuelta o lo maravillosos que son mis amigos aquí, lo que me hizo sentir como si mi partida nunca hubiera sucedido.
La vida desde luego aquí ahora mismo es más sencilla. Tenemos una libertad de la que muchos se han visto privados en Europa, pudiendo disfrutar de reuniones de amigos, restaurantes y la playa. Las medidas aquí se han moderado exageradamente, dejándonos el privilegio de relegar el Covid a una conversación secundaria en nuestro día a día. Aunque está claro que no podemos relajarnos del todo, pues sabemos que éste está esperando a la vuelta de la esquina, deseoso de entrar en la tan temida segunda ola para la que, todavía, seguimos sin saber si estaremos preparados.
Entrar en rutina fue demasiado fácil y la vuelta al trabajo abrumadora. Tras varios meses con un tele trabajo bastante flojo, me vi arrollada por un sinfín de reuniones (de nuevo todo en francés), y planes de acción a realizar. Sentirme de nuevo parte de la vida aquí, fue casi ipso-facto. Apenas tuve tiempo para pensar cómo me sentía o para apreciar si las cosas habían cambiado desde mi partida.
Esta vuelta brusca al trabajo también me hizo darme cuenta del tiempo perdido de aprendizaje en los últimos meses. De cómo las actividades imperiosas Covid, dejaron a un lado el proyecto. Así como la desmotivación fuerte que sentí durante un periodo bastante largo, que hizo que me alejara emocionalmente del trabajo, perdiendo un tiempo precioso de apropiación. Aunque no me arrepiento (repito, trato de dejar malos hábitos), soy consciente del tiempo perdido, y de que aunque ya lleve un año en el proyecto, a veces sigo sintiendo como si acabara de empezar. Algunas veces viene a mi cabeza la Eva de hace un año, perdida, sin comprender y dando palos de ciego en un proyecto que pensaba que le quedaba grande. Pero esa persona ha cambiado y ha evolucionado con el tiempo, aunque a veces seamos incapaces de verlo. Considero que esta auto-crítica que me hago (y que a fin de cuentas todos nos hacemos), no sirve más que para mejorar y darnos fuerzas para seguir avanzando. Uno de mis propósitos de este año tan raro es seguir en esa misma línea de auto-motivación, más que en la de auto-destrucción. Siento que a veces es tan fácil dejarnos llevar en nuestra cabeza por todo lo negativo, que no alcanzamos a vislumbrar la verdadera realidad.
Sentir la carga de trabajo, la buena acogida de mis amigos y una normalidad muy conocida, hace que ahora me parezca como si nunca me hubiera marchado. Es increíble cómo conseguimos hacer hogar de todo sitio que nos haga sentirnos en paz con nosotros mismos. Creo firmemente que después de este año de subidas y bajadas, todos merecemos encontrar ese algo que nos haga sentir así. Un oasis después de una marcha por el desierto. Una isla después de una gran tempestad. Unos brazos donde refugiarnos cuando nos sintamos perdidos. Una casa donde podamos ser nosotros mismos.
Aún me sorprende la gran capacidad del ser humano a adaptarse, la capacidad extraordinaria de impregnarse de un lugar y hacerlo suyo. A empezar cosas nuevas, aún teniendo pánico y dudas, y sacar de ello una experiencia invaluable de aprendizaje.
Con este post, y después de un mes de mi ansiado regreso, doy por oficializado mi vuelta a la vida mauritana. A volver a las reflexiones internas sobre la cooperación y a las preguntas sin respuesta correcta sobre el por qué hago lo que hago. A amar mi profesión y a seguir meditando sobre el camino a seguir, pues aunque siempre hay baches, nunca hay que olvidar cuál es la meta.
Encantado de ver que tu adaptación es natural y se realiza de manera positiva. Y’a sabes que « escoger es siempre renunciar ». Besos
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