A propósito de estos meses…

La satisfacción radica en el esfuerzo, no en el logro. El esfuerzo total, es la victoria total.

Mahatma Gandhi

Para trabajar en cooperación, mis tres básicos son las tres P.

  • Pasión
  • Paciencia
  • Perseverancia

Son una especie de mantra que me repito en los momentos en los que tengo ganas de tirar la toalla. Cuando me metí en este mundo, sabía que estas tres P me iban a acompañar en todo el camino, y debía de recordármelas continuamente para seguir adelante. Considero que sin estas tres aptitudes, en este mundo no vas a ningún lado.

Aunque siempre las tengo en mi cabeza, en estos últimos meses me he extraviado un poco de mi camino y he perdido la esencia de estas tres P.

¿Por qué?

Cúmulo de cosas incomprensibles. La mitad de mi trabajo y proyecto que no entiendo. La burocracia, el ver cómo muchas actividades se quedaban relegadas por el papeleo. El cambio de cultura y de idioma, que hacía que cada día pareciera el Everest, debido a las complicaciones que me iba encontrando en el camino. El llegar a casa y tener ganas de dejarlo todo porque no veía que las cosas avanzaran.

Cuando vine aquí, no tenía ni idea de lo que me esperaba. Y aunque sabía que el principio iba a ser difícil, suponía que una vez pasado eso, las cosas irían mejor. Por eso cuando los primeros meses se me hicieron cuesta arriba, no me importó, porque estaba preparada. Y cuando las cosas no salían bien o no las entendía, conseguía que no me afectaran demasiado, porque… recién estaba empezando, ¿no? Pero entonces llegó el momento de cumplir casi medio año en el proyecto, y tener que hacer un poco de balance. Y ya no podía poner la excusa de que estaba empezando, que no conocía el contexto o que no hablaba bien el francés.

Y las cosas empezaron a complicarse.

Con el tiempo, se me quitaron las ganas de trabajar. Se me borró la sonrisa y la paciencia que me caracteriza en el trabajo, y empecé a entrar en una monotonía y una apatía poco característica de mí.

Perdí casi toda mi paciencia, dejé de perseverar y olvidé la pasión que me había traído hasta donde estoy ahora mismo. Y todo esto me hizo sentirme perdida. Al margen del Covid, al margen de la distancia y de no poder ver a mi familia. Había algo más con lo que sabía que no estaba lidiando, y que estaba disolviendo las ganas que me habían traído hasta este mundo.

Darme cuenta de que no estaba bien me llevó su tiempo y varias llamadas de atención de mis amigos.

¿Cómo podía seguir haciendo un trabajo sin pasión, siendo ésta la que me había llevado hasta donde estoy ahora mismo?

Las complicaciones encontradas en el proyecto, al no haber contado con ellas previamente, se me hicieron un mundo. Ver cómo las actividades no avanzaban, no encontrar mi sitio en el programa. No entenderme con mi jefe, los mil años que todo tarda en hacerse aquí, la ineptitud de mucha gente, y el pasotismo absoluto de mucha otra.

De repente me azotó un tortazo de realidad que no vi venir, y mis 3P se disolvieron poco a poco sin darme cuenta, hasta que me miré en el espejo y no me reconocí. Vi a alguien que hacía su trabajo con desgana y como una autómata. Algo que he criticado fuertemente en esta profesión. Si no amas lo que haces en terreno y no crees en lo que estás haciendo, bien puedes coger la puerta y marcharte.

Entonces decidí cambiarlo. Decidí parar un segundo para pensar qué estaba ocurriendo. Y con ayuda externa de un coach y mucho trabajo interno, me di cuenta que no era el proyecto, ni Nuakchot, ni la cultura, ni el francés. Ni siquiera el pasotismo o la incertidumbre. Nada de esto era lo que no me permitía estar bien.

Tan absorta estaba en haber cumplido mi meta, que acabé por idealizar y romantizar mi profesión. Creyéndome estar en una realidad, mi cabeza había creado un mundo de fantasía alrededor de esta misión que hizo que abrir los ojos fuera más difícil.

Creer que por trabajar en terreno, no iba a necesitar hacer trabajo personal, ha sido una de las mentiras más grandes que me he dicho. Suponer que por perseguir mi pasión, y conseguir estar donde llevaba años deseando, iba a hacer que mis problemas se resolvieran, fue una manera de engañarme sin darme cuenta.

Sí, había conseguido un objetivo. Pero esto no era suficiente si no ponía cierto esfuerzo y empeño en mí misma. Liberar ciertas partes de mí personales que eran lo que me bloqueaba en el trabajo. Muchas cosas de mi manera de ser, de mi persona, de mi particular forma de lidiar con los problemas. Todos estos elementos los arrastré al mundo profesional por no haberme esforzado previamente conmigo misma.

Y el trabajo en terreno es exigente, física y mentalmente. Y el extenuante ritmo al que me vi sometida desde mi llegada aquí, hizo salir a flote el poco compromiso interno que había hecho en mí misma.

Y si quería seguir en este proyecto, y sobre todo, en este mundillo, debía poner ciertas prioridades. Debía ponerme como prioridad. Aprender a quererme. Aprender a estar bien. Porque… ¿cómo vas a ayudar a otras personas, si no te ayudas a ti mismo antes? ¿

Me di cuenta de que todas estas dificultades me iban a acompañar a lo largo de mi trayectoria profesional; no importaba si estaba en Mauritania, Bolivia, Guatemala o China. Era mi manera de afrontarlos, de abrazarlos y de comprenderlos la que iba a dictar la influencia que éstos tendrían en mi rutina. 

Por eso el no tener el control sobre lo que pasa, el sentirme pequeña o indefensa en una reunión, sentir impaciencia, agotamiento o frustración no era el problema en sí. Si no el impacto que yo dejaba que estos sentimientos tuvieran en mí.

Con esto quiero hacer la reflexión de que no siempre todo es lo que parece. Conseguir un sueño y un objetivo es un paso muy importante en la vida. Es felicidad en dosis enormes y un orgullo inmensurable. Pero no es lo único.

La cooperación tiene, como ya he dicho en muchas ocasiones, muchas cosas malas. Como todo en esta vida. Pero también tiene recompensas enormes, tanto a nivel personal como profesional.

El trabajo interior que he hecho conmigo misma para aprender a conocerme, me ha hecho darme cuenta de que todas estas cosas duras con las que me encuentro a diario, solo son pequeños recordatorios de que las cosas increíbles que pasan en terreno, no están a simple vista. Cada día tengo retazos de alegría. Tengo pequeños logros que me hacen sentir un orgullo infinito. Mi francés y mi manera de explicarme fluyen cada día (y cada vez me importa menos equivocarme o hablar mal). Conecto con personas que antes nunca hubiera imaginado. Conozco una cultura nueva y diferente de la que antes tenía cero conocimientos. Soy consciente de los cambios palpables que se realizan con el proyecto (siempre a largo plazo). Veo una farmacia más ordenada y gestoras más motivadas. Adquiero competencias de negociación y de adaptación. Recupero esa sonrisa y la paciencia.

Los logros a los que aspiro cada día son efímeros y son pequeños. Pero ahora soy capaz de saborearlos. Los veo y los siento como míos. Las frustraciones no me bloquean y la impaciencia no me consume. La balanza entre la satisfacción y el hastío, en un equilibro delicioso que me hace amar esta profesión.

Lejos estoy de la perfección o del bienestar absoluto. Solo sé que ahora voy por el bien camino. He hecho las paces con mi proyecto y con mi trabajo. Me he dado una pausa y un respiro para disfrutarlo, para seguir haciendo lo que hago con pasión, paciencia y perseverancia.

La cooperación sigue siendo mi sueño.  Y si este proceso ha sacado a la luz algo, es que, sin duda, éste es mi camino y no podría imaginarme en otra trayectoria que la del sector humanitario.

 Y no es un camino de rosas, y sé que me esperan muchas dificultades en el proceso; pero al menos ahora tengo las herramientas para hacerles frente, sin que éstas desestabilicen mi rumbo. 

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