No dejes que lo que no puedes hacer, interfiera con lo que puedes hacer
John Wooden
Mucha gente me pregunta que cómo estamos aquí. Que cómo se lleva esta crisis en África-ni que África fuera un sólo país, por cierto-
Al principio de todo esto bien curioso era el hecho de decir que yo (en Mauritania), estaba mejor que en España. Que era una privilegiada porque que tenía una libertad ansiada en media Europa. Y que mientras ellos encerrados hacían videollamadas, yo aún podía ver a mis amigos en físico y salir a la playa. Y creo que, por primera vez, muchos de mis amigos envidiaron dónde estaba.
¿Cuánto tiempo iba a tardar en cambiar las tornas? Mi eterna pregunta era cuánto iba a pasar hasta que España empezara a estar mejor que nosotros y ya nadie envidiara nuestra posición. En qué momento ellos iban a empezar a «salir» del confinamiento, mientras nosotros íbamos a ir metiéndonos poco a poco en un aumento gradual de casos.
Aunque, sorprendentemente, tardó en llegar.
Obviamente, llegó. Casi, tal y como la OMS había predicho, finales de mayo.
El primer caso comunitario lo comunicaron hace unas dos semanas, y a partir de ahí los casos han seguido subiendo. España va poquito a poco saliendo de una crisis sanitaria de tamaño inmesurable, mientras nosotros, despacio e inexorablemente nos adentramos hacia un camino desconocido que parece lleno de barro resbaladizo.
¿Cómo estamos? ¿Qué significa vivir aquí en tiempos de coronavirus?
Tenemos un toque de queda recién impuesto entre 20h y 6h, que durará, en principio, 3 semanas. La mayoría de gente está en teletrabajo (aquellos que pueden permitírselo), y los restaurantes sólo están abiertos a dispensar comida para llevar. Las tiendas parece que, tímidamente, van abriendo (y eso que los casos han aumentado), y las mezquitas han prohibido el gran rezo de los viernes (que es donde más aglomeración de personas suele haber).
La gente lleva mascarillas obligatorias en los espacios cerrados, pero la mayoría también en la calle. De hecho, más de una vez me han parado dando un paseo para “echarme la bronca” por no llevar yo una mascarilla puesta. A destacar también que muchos de ellos utilizan su boubou a modo de mascarilla-no sabría asegurar el porcentaje de fiabilidad de esta técnica…-
Los viajes entre Wilayas (nuestras Comunidades Autónomas, por poner un símil), siguen prohibidos (como desde el principio de todo esto, allá por marzo), así que no podemos movernos de Nouakchot. Suerte la nuestra que la playa se encuentra dentro de estos dominios y aún podemos huir de esta poussière de vez en cuando.
La ciudad parece que retorna de un letargo poco a poco, mientras los casos siguen aumentando gradualmente.
A menudo me pregunto lo irónico que es, que las medidas de confinamiento se hicieran más flexibles, casi al mismo tiempo que la transmisión comunitaria subía a ritmo escalonado y progresivo (en medio del Ramadán, debo aclarar)
Pero es que, ¿qué se puede hacer? ¿Confinar de nuevo a toda una población que vive al día para poder comer? Sumir a un país entero en crisis, cuando incluso antes del Coronavirus, ¿ya lo estaba? En realidad el Gobierno lo que estaba tratando es de no “enfurecer” más a la población con medidas tan restrictivas que no les dejaran llevar comida a su casa. Está claro que no hay ningún modelo ideal de medidas. Y que este virus no vino con un manual de instrucciones debajo del brazo. Nadie sabe qué es lo que hay que hacer, o que habría que haber hecho (por mucho que haya gente que se empeñe en pensar que es más inteligente que medio mundo). Y creo que al final, tanto en Mauritania, como en África, como en cualquier parte del mundo; de lo que se tiene que tratar es de buscar lo mejor para tu población.
Y aquí el coronavirus mata, sí. Pero también mata el hambre, la malaria o la tuberculosis. Y con toda la crisis del Covid hay tantas actividades que se han dejado de hacer, que a veces no puedo evitar pensar si no es peor el remedio que la enfermedad.
Otra pregunta bastante demandada es: y a nivel personal…¿cómo se vive esto?
Mi vida se ha alterado. El trabajo se ha modificado, y nuestras actividades se han visto transformadas para adaptarse a la nueva situación. Volver a ubicarme en un contexto que ya de por sí me resultaba complicado pre-covid, ha sido un gran reto que afrontar. Trabajar con otras personas y siempre en situación como de “urgencia” o “estrés” me ha hecho pasar por momentos de angustia y de agobio. Vamos, lo mismo que me hubiera pasado si hubiera trabajado en España. Obviamente, a nivel emocional, estoy tocada.
La incertidumbre, el estrés del qué pasará, el aumento de los casos comunitarios, la ineficacia a veces de este Gobierno, la falta de formación y de equipamiento y el no visualizar claramente un futuro.
Sentirse de alguna manera útil en todo esto ayuda a sobrellevarlo, pero tampoco es que me sienta así todos los días, ni mucho menos. He pasado mucho tiempo sintiéndome inútil, preguntándome cómo puede ser que alguien sanitario como yo, no pudiera realmente hacer nada en toda esta ecuación. Y eso frustra, y desestabiliza. Pero como ya he dicho muchas veces, sin la formación adecuada (o la guía adecuada), ayudar por ayudar no sirve de nada.
Y conocer el contexto, ver qué es lo que otras ONG están haciendo, saber las necesidades REALES de la población y de los sanitarios locales. Eso sí ayuda. Eso es constructivo. Y ostras, darse cuenta a veces lleva tiempo, y consume una energía muy preciada.
Ahora me he reconciliado conmigo misma. Siento que dentro de lo que hay, hago lo que puedo. Y lo que está fuera de mi alcance o de mis competencias, no es algo por lo que deba sentirme culpable.
A veces cuesta reconciliar la vida profesional de la personal en terreno. Es quizás, algo de lo más difícil en estos contextos. Al menos eso, tengo que agradecérselo al Covid. Aunque he tenido que hacer un gran esfuerzo para no mezclar mis frustraciones profesionales en mi vida personal; creo que finalmente estoy llegando a un acuerdo conmigo misma. Y aunque sé que aún tengo un largo camino por delante, sé que voy por la buena trayectoria. Me siento con más fuerza, con más motivación y con más ganas; valga la ironía de sentirse así en estos contextos y momentos de la vida.
Porque considero que si algo hemos aprendido (espero) con todo esto, es que somos resistentes. Creemos por encima de todos los argumentos. Sacamos fuerzas aunque las hayamos gastado todas. Plantamos cara a lo que venga sin saber qué será. Pensamos mil veces en abandonar, pero no lo hacemos. Combatimos porque tenemos una razón por la que hacerlo. No tememos al miedo, aunque lo tengamos.
Resistencia es seguir, seguir y seguir.
Gracias por compartir esta parte tan personal. Me ha llegado y me hace reflexionar. Suerte por África (ah, que no era un solo país? 😛 )
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