Por NO volver a la normalidad

No podemos volver a la normalidad porque la normalidad que teníamos era precisamente el problema

Y sin saber por qué una fatiga crónica se hace dueña de mí. Un dolor de cabeza punzante y diario me hace recordar que algo no está bien; que algo a mi alrededor está descuadrado, desorganizado.

Y trato de recordar qué es lo que pasa, por qué estoy agotada, por qué soy totalmente ineficaz, y lo que antes me costaba 2 horas, ahora paso el día a intentar finalizarlo.

Soy consciente de la decisión que tomé, el trabajo que elegí no es el más sencillo teniendo en cuenta lo alejado que estás de la familia y de los amigos. Y aunque sé que mi corazón y mi alma están aquí, con África, eso no quiere decir que no duela profundamente el no tener la posibilidad de coger un avión y estrechar a tus seres queridos (o saludarles a la distancia). Porque no sé cuándo voy a poder abrazar a mis padres. Porque siento que el mundo se va a la mierda, y no hay nada que yo pueda hacer para remediarlo. El planeta, ese al que hemos descuidado completamente, nos ha puesto en un jaque mate sorprendente del que no sabemos cómo salir.

Hasta ahora siempre había tenido la opción de volver cuando mi cuerpo lo necesitara. Sabía que tenía un avión esperándome si la necesidad de abrazar a mis padres se hacía insoportable. Aunque la distancia doliera, aunque tuviera que ver crecer a mis sobrinos a través de una pantalla; había sido mi elección. Y eso me reconciliaba con la parte más dura de este trabajo.

Ahora, por circunstancias evidentes, la opción se nos ha arrebatado. Y aunque hasta hace unas semanas no sentía la necesidad de volver a mi país; ahora que esa alternativa no existe, no puedo parar de reproducirla en mi cabeza una y otra vez.

El querer, y no poder.

Y cada día me levanto y me pongo enfrente del ordenador, tratando de ser eficaz, intentando trabajar en algo en lo que creo, en algo que parece que puede ayudar a una respuesta sanitaria en Mauritania; pero se me nublan los ojos, la cabeza me explota y todo lo que trato de hacer, se me hace como una montaña, cuya cima es simplemente inalcanzable.

Y aunque me cueste, me dejo caer. Y me permito llorar por estar mal, por echar de menos y por la incertidumbre en la que se ha convertido la vida ahora. Porque aunque a veces la culpa se aposente en mí por estos momentos de debilidad, con el tiempo he aprendido que son necesarios para poder levantarse de nuevo, con más fuerza y energía que antes. Porque a veces uno necesita ser egoísta durante unos instantes, para luego poder volver a levantarse responsable, coherente y consciente de qué es lo que realmente importa. Y por eso considero que todos los sentimientos que nos estén viniendo en esta época son tan válidos como cualquier otro; que tenemos que aceptar (hasta cierto punto), que esto es una situación nueva y como todo ser humano, hemos de adaptarnos a ella de la mejor manera que podamos.

Y por eso también considero, que en este período de reflexión y dolor, podemos y debemos pensar más allá. Hacernos conscientes de que allí afuera existe otra realidad completamente diferente que no debería sernos ajena.

Carlos Candel, en un artículo que leí decía: “siento que se no habla de lo importante. No se trata de vencer al coronavirus, ni siquiera de cómo voy a sobrevivir este mes. Se trata de cuestionar nuestro modo de vida para poder seguir viviendo más allá de un mes, de un año o una década”

No podría estar más de acuerdo con esta percepción, por eso espero que esto nos haga abrir los ojos, que todo esto que nos ha ocurrido, cree un nuevo camino a un horizonte que antes parecía inexistente.

Quizás ahora que hemos visto que hay enfermedades que tocan a todo tipo de personas, pobres, ricas, europeas, africanas, asiáticas. Que llegan a todos los países, no importa cuál sea su riqueza. Grandes, pequeños, buenos, malos. Quizás ahora que nos hemos dado cuenta que tenemos suerte de ser como somos, y de tener lo que tenemos, por el simple (¡simple!) hecho de haber nacido donde hemos nacido. En un mundo donde no existen pandemias (normalmente), en una ciudad donde existe agua que sale de un grifo. En una comunidad donde tienes todo al alcance de la mano.

Quizás ahora nuestra parte solidaria salga a flote; quizás la estábamos ahogando en un mundo extenuado por el consumismo y el egoísmo. Y ahora se ha hecho fuerte y está nadando a contra corriente, deseosa de salir. Y entonces, cuando dé la primera brazada hacia la superficie, quizás nos empecemos a plantear cómo ayudar. Qué podemos hacer. A dónde queremos dirigir nuestra vida después de esto. Cómo podemos NO volver a la normalidad cuando todo esto acabe.

Mirar más por los demás, los que están lejos y los que están a la vuelta de la esquina. Cuidar el planeta, los animales, la vida, el alma. Ser conscientes de que las injusticias son el plato de cada día en muchos países del mundo, saber que la pobreza se acrecenta día a día irremediablemente, a causa del enriquecimiento de sólo un bajo porcentaje de personas.

Que debemos nadar juntos en una misma dirección. En la de la empatía y la solidaridad. Porque cuando esto se acabe, tendremos que demostrar al Universo si realmente hemos aprendido algo, o si vamos a volver a ser el mismo mundo egoísta que no mira más allá de sus propios intereses.

3 comentarios sobre “Por NO volver a la normalidad

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar