DE LA CONDUCTA DE CADA UNO, DEPENDE EL DESTINO DE TODOS
Alejandro Magno
Me parece un poco irónico que en el último post dijera que la rutina era una especie de práctica salvadora cuando se trabaja en terreno; y apenas días después todo volara un poco por los aires.
La rutina se disolvió mientras las noticias en mi país natal se disparaban como la pólvora y la temida cuarentena comenzó. La vida como la conocíamos enseguida desapareció, y comenzamos a sustituirla por un tele trabajo que nos parecía raro, video-llamadas eternas (para las que, aparentemente, antes nunca había tiempo) y miles de challenges, cursos online, y maneras creativas de pasar el día sin que éste nos superara.
En Nouakchot las cosas comenzaron a ponerse extrañas; la gente ya no me paraba por el camino, los taxis no querían pararse para que me montara en ellos y no había miles de coches que te claxonaran a cada segundo que iba por la calle. De repente, ya no éramos los tubabs exóticos que querían conocer; si no personas que podrían ser portadoras de una enfermedad temida por todos aquí.
En apenas cuestión de días todo se disparó y cerraron escuelas, restaurantes e impusieron un toque de queda y todos a tele-trabajar. La rutina que antes me salvaba, se quedó colgando de un fino hilo alterando mi demasiada cuadriculada cabeza. Y todos a acostumbrarse a esta “nueva vida” que nadie alcanzaba todavía a comprender. Todo empezó a ser surrealista; las noticias de España se multiplicaban, así como los casos y, desgraciadamente, las muertes. Desde Mauritania todo parecía una lejana pesadilla, al tener esa separación física que no te dejaba ser plenamente consciente de qué es lo que realmente estaba pasando.
Cada día me levantaba (y aún me levanto) con una opresión en el pecho, pensando cuándo será el momento que aquello explotará en este país; un país que no está ni remotamente preparado para algo así.
A cuenta gotas aparecieron los primeros casos, dando lugar a circulares del Ministerio de Sanidad que nos alertaban en todo momento. En cada caso que sumábamos positivo, temíamos por las repercusiones que esto iba a conllevar en nuestra vida aquí. Todos los días se oían rumores de repatriación, de confinamiento total, de revueltas…Las noticias en el mundo hablaban de muchos cooperantes y voluntarios volviendo a sus casas, por miedo (y por salud) a las repercusiones del virus en los países en vías de desarrollo. Y en cuestión de segundos todas nuestras conversaciones pasaron a ser 24 horas sobre el coronavirus, consumiéndonos más energía de la que nos dábamos cuenta.
Frustrada, y con lágrimas en el alma, vi como a dos de mis mejores amigas las repatriaban por seguridad y prevención a España. Con el corazón encogido les dije adiós, pensando que en cuestión de días o semanas podría ser yo la siguiente en irme. Pero si antes no quería, ahora no podría ni planteármelo.
Con mi corazón dividido y mis pensamientos en España; cada día sufro por África, y por Mauritania. Pienso en la cantidad de países sin recursos suficientes para hacer frente a esta pandemia que se está comiendo el mundo poco a poco. Ni agua potable suficiente para beber, mucho menos para lavarse las manos. Dicen que en África son jóvenes y fuertes, pero las condiciones de vida y de alimentación les hacen más susceptibles a la enfermedad, aparte de la cantidad de afecciones de base que ya de por sí tiene este continente (VIH, tuberculosis, diabetes, malnutrición, paludismo…)
Aquí los días siguen pasando, tratando de prepararnos para la posible locura que está por llegar; mientras secretamente cruzamos los dedos por la espalda porque sabemos que no importa cuán preparados estemos, esto va a cambiar el rumbo de muchas vidas. Y aunque parezca que avanzamos, la única sensación que percibo es la de estar en una lucha a contra-reloj contra un virus que sellará demasiados destinos.
Y aún así continuamos; sensibilizando, formando, construyendo y aprovisionando. Porque la desesperanza y las cifras no pueden amedrantarnos y por mucho miedo que tengamos, África y Mauritania se merecen que luchemos a su lado y que lo hagamos con uñas y dientes. Porque para mí esto ya es hogar, es familia y es CASA.
Si antes decía que con la rutina aprendí a valorar los momentos de locura y libertad; en este contexto actual esos momentos son increíblemente raros, por no decir casi inexistentes. Pero los hay. Y no sabemos reconocerlos ni agradecerlos.
Dentro del delirio irracional en el que se ha convertido este mundo, yo aún puedo decir que soy una privilegiada.
Me ha llenado de emoción.
Leer tus emociones y sentimientos hace que todos reflexionemos.
Mucha fuerza Eva.
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Muchas gracias!
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Qué decirte, Eva. Comparar y comprender África es como entender un misterio teológico. Solo, desde afuera, conocemos las referencias. Y aún así pensamos en cifras infames. Pero no te dejes influir por los medios. En nuestro país es muy grave pero hay muchos, muchísimos casos asintomáticos o subclínicos. Y en África pese a la patología de base y la miseria también los habrá. Y muchos. Han sobrevivido a nuestra presencia, nuestras plagas y abusos de poder y lo seguirán haciendo. Un beso enorme y mucha fuerza. Te admiro por quedarte en tu casa, con tu gente y tu familia.
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